La empresa se lanza contra sus ejecutivos

03/04/2007 at 19:16

Esteban Hernández | El Confidencial

Los suicidios acontecidos en el Tecnocentro Renault en Guyancourt, donde algunos de sus empleados modelo no pudieron soportar la presión, nos subrayan de forma trágica las disfunciones más evidentes de la empresa contemporánea, que ni siempre sostiene las políticas socialmente más propicias ni tampoco las más adecuadas para sus asalariados y ejecutivos. Habíamos oído con alguna frecuencia acerca del desinterés social y del escaso compromiso con los territorios que las firmas de hoy promueven, pero lo cierto es que sus más altos cargos (y muchos medianos), quienes toman esas decisiones de desvinculación, podrían ser los primeros que acabarían sufriendo los efectos negativos de esa dinámica.

La deficiente relación laboral contemporánea, con su elevada exigencia de resultados a corto plazo, sus jornadas de 60 y 70 horas semanales, su obligación de llevarse el trabajo a casa los fines de semana y su miedo al fracaso terminarían provocando infartos, enfermedades congénitas y abundante estrés. Especialmente en España, que es de los países europeos que más horas anuales dedica al trabajo, a pesar de una discreta productividad.

Por eso, el caso del Tecnocentro de Renault es especialmente significativo. En una atmósfera de hipervigilancia, con la obligación de obtener resultados y, a la vez, de sustituir la antigua visión empresarial por la nueva cultura impuesta por Carlos Goshn, algunos de los más prometedores miembros de su equipo no pudieron aguantar más y pusieron fin a su vida. Y es el que suicidio por motivos profesionales es un asunto mucho más frecuente de lo que los medios de comunicación nos hacen intuir.

Quizá por ello, Laurent Quintreau, creativo publicitario (de Publicis) y cofundador de la revista literaria de vanguardia Perpendiculaire, ha definido a la empresa contemporánea como un infierno en su novela Margen bruto, donde utiliza La Divina Comedia de Dante como referente. Para Laurent Quintreau, la empresa es un microcosmos en el que los estereotipos se manifiestan con frecuencia, e incluso con cierta vulgaridad: el playboy, la estresada madre de familia, el jefe sumiso con los superiores y tiránico con los inferiores, son parte de esa tipología que veremos repetirse en las multinacionales y que contribuirán a conformar una atmósfera gris que recorre la interioridad de las marcas más conocidas. Aunque más importante todavía, para Quintreau, es que se trata de un lugar donde nadie escucha al otro, donde todos tratan de hacer carrera a costa del cadáver de los demás y donde todo se resuelve finalmente en luchas de poder. Y los máximos perjudicados de esos enfrentamientos serán los estratos medios e inferiores de al empresa y, cómo no, los consumidores. Porque, al fin y al cabo, las firmas actuales no son más que una guerra interna, por ascender, y una externa, por liderar el sector.

Quintreau se decidió a retratar un mundo que conoce bien a raíz de recoger un montón de casos en su tarea como sindicalista, un trabajo ciertamente alejado del que pueden desempeñar centrales como CCOO o UGT aquí, y que nos habla de que si el trabajo está mutando, los mecanismos representativos también están adquiriendo nuevas formas. Y al contrario de lo que podría pensarse, su militancia no le ha generado problemas en un entorno, el multinacional, que parece ser alérgico a esa clase de colectivos, sino que, como dice, si le ha cerrado puertas, también le ha abierto otras.

El pequeño comercio

El segundo asunto, cómo afectan socialmente las decisiones tomadas por esas empresas en guerra, es retratado por Esther Vivas y Xavier Montagut (coords.) en Supermercados, no gracias (Icaria editorial), un conjunto de artículos que trata de analizar las consecuencias negativas de las acciones de las grandes cadenas de distribución para los productores, para sus trabajadores y para los consumidores. Según Esther Vivas, coordinadora del área de sensibilización de la Xarxa de consum solidari, “la gran distribución comercial ha diseñado instrumentos para conseguir los clientes que pertenecían al pequeño comercio local, como cadenas de descuento o grandes superficies; pero lo que realmente les está funcionando son los supermercados de barrio”.

Para Vivas, el problema de este triunfo de la gran distribución es que “estas cadenas, buscando su máximo beneficio, presionan excesivamente al pequeño productor, acaban con el comercio local y transforman negativamente los territorios en los que asientan, ya que se pierden en ellos las relaciones sociales. Y eso sin contar con las condiciones laborales precarizadas que ofertan”.

Afirmaciones de ese orden son rápidamente refutadas por las cadenas de distribución insistiendo en que, además de la libertad de elección de cada comprador, ellos poseen precios mucho más atractivos para productos de la misma calidad, lo que no sólo convencería a muchos de sus clientes sino que terminaría siendo beneficioso para la colectividad. Esther Vivas niega que exista esa diferencia: “es cierto que se da esa estrategia publicitaria, pero la realidad es que en muchos de estos supermercados el precio no es tan barato. Hay algunos productos en oferta pero, por norma general, y según un estudio de la COAG (coordinadora de asociaciones de agricultores y ganaderos), se vende un 11% más caro que en los establecimientos especializados”.

Tampoco sería un sistema beneficioso ni para los barrios ni para las pequeñas poblaciones. Vivas asegura que “se ha instaurado todo un culto a la gran superficie, alrededor de la cual gira el tiempo libre: en ella encontraremos un supermercado de uso doméstico, cines, boleras y toda clase de actividades sociales, pero ahora mercantilizadas. Allí, todo el concepto de tiempo libre pasa por el consumo. Y no sólo está ocurriendo en la periferia de las grandes ciudades; también los pequeños municipios han sufrido sus efectos”. En éstos, además, estaría viviéndose la desaparición de los pequeños y medianos agricultores y ganaderos, que han perdido toda capacidad de negociación real con estas firmas. “Hoy, quien más subvenciones agrícolas reciben en España son los grandes latifundistas, como la Duquesa de Alba. El pequeño agricultor y la agricultura ecológica no cuentan con esas ayudas”.

Por eso, los autores estiman necesario que se desarrollen y se afiancen las alternativas a una gran distribución que está viendo cómo las resistencias a su implantación aumentan en muy diferentes territorios. “En el País Vasco, por ejemplo, hay zonas –el último caso es Lekeitio- donde existe una negativa popular muy fuerte a que se instalen esta clase de comercios”. Ese mismo movimiento explicaría, por ejemplo, “las mayores resistencias que ha planteado el pequeño comercio catalán a la legislación sobre las grandes superficies en lo referido a la apertura de festivos”. Pero, en definitiva, y a pesar de estas confrontaciones, “el modelo de la gran distribución está afianzado”.

El comercio contra la política

Desde una perspectiva muy distinta (también en lo político) analiza el asunto del consumo el más que interesante El imperio irresistible (Ed. Belacqva), de la profesora de la Universidad de Columbia Victoria de Grazia. Con un estilo ágil, que bordea lo políticamente correcto pero que deja en muchas ocasiones apuntes de un mayor talento, y que refleja muy bien las virtudes (y a veces, los defectos) del ensayismo anglosajón, De Grazia pretende mostrarnos la sustitución de la civilización europea por la sociedad de consumo estadounidense mediante un análisis ameno que no deja de lado hechos, historias y reflexiones de calado.

La colonización que ha transformado el modo de vida europeo, y de la que ya se hablaba en 1926 como “la invasión Hollywood” invitó a los trabajadores a dejar de lado su posición subalterna, argumenta De Grazia, y a posicionarse exigiendo un nivel de vida más elevado y más comodidades cotidianas a cambio de moderar sus apetitos políticos, de aceptar las reglas del mercado y de estabilizar sus aspiraciones sociales. Al tiempo, esta visión, que provenía de EEUU, también contaba con una baza profundamente femenina, ya que ellas, en tanto amas de casa, eran las principales interlocutoras del imperio del mercado y las principales receptoras de las promesas que éste repartía. En ese sentido, frente a posturas militantes que negaban validez a objetos como la lavadora porque percibían que el ámbito del consumo no hacía más que fabricar necesidades irreales, éste, al incidir masivamente en aspectos cotidianos con frecuencia útiles, permitió convertir el modo de vida estadounidense en la representación del ciudadano común y en la aspiración imaginaria de gran parte de Europa y del mundo, fascinación que aún perdura (posiblemente, más que nunca).

Pero el texto se leerá con mayor interés si dejamos de lado la oposición entre el modo de vida europeo y el estadounidense, que la autora pretende central, para fijarnos en una doble tensión. De una lado, el enfrentamiento entre el conservadurismo burgués, que siempre vio el consumo como suntuario, que prefería actitudes más espirituales y que supeditaba los bienes a las actitudes morales, y ese mundo nuevo que prefería el beneficio antes que los valores. En segundo lugar, para que este triunfo del consumo llegase, debían eliminarse muchas trabas ligadas a las concepciones políticas. Así, mientras que para la política exterior estadounidense las naciones europeas eran altamente importantes, para el mundo de la empresa el objetivo era Europa, y su fragmentación en Estados era vista como altamente incómoda, con sus fronteras, sus trabas proteccionistas y sus regulaciones excesivas. Si el mundo de la modernidad estaba hecho de estados nación con una fuerte impronta social demócrata, el de la posmodernidad consumista, al que según la autora se llega mediante una revolución pasiva, debía configurarse de otro modo. Su mejor ejemplo es la nueva Unión Europea, territorio único de venta, económicamente unida y políticamente divergente a pesar de las instituciones comunes.

Lo que nos cuenta con elegancia, pues, el libro de De Grazia, es la desaparición de ese mundo que requería de fronteras nacionales, de mano dura y de un consumo moderado, por otro consumista, internacionalista y donde el liberalismo ha arrinconado a la social democracia. Es decir, lo que nos cuenta es la sustitución del mundo político por el comercial.

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