La cadena agroalimentaria: un monopolio de origen a fin

04/10/2008 at 14:03

Esther Vivas | Boletín ECOS

La alimentación no es hoy un derecho garantizado. El creciente monopolio del sector agroalimentario desde la producción en origen hasta su distribución final supedita la necesidad de comer al lucro económico. Unas pocas empresas transnacionales controlan de origen a fin la cadena alimentaria frente a la pasividad de gobiernos y organizaciones internacionales.

La crisis alimentaria, que ha mostrado una de sus caras más cruentas a lo largo del 2007 y 2008, pone de relieve esta situación. A la cifra de 850 millones de hambrientos a escala mundial, el Banco Mundial añade cien más fruto de la presente crisis. En cifras generales, el precio de los alimentos ha subido un 83% en los últimos tres años, según el Banco Mundial, y esta subida se ha agudizado aún más en los últimos meses[2] con un aumento del 45% de los precios, según la FAO. Los alimentos básicos, que dan de comer a amplias capas de la población, especialmente en los países del Sur global, son los que han sufrido los mayores aumentos. El coste del trigo ha crecido un 130%, la soja un 87% y el arroz un 74%[3] (Holt-Giménez y Peabody, 2008).

Pero, paradójicamente, nunca en la historia la producción de alimentos había sido tan alta. Hoy se produce tres veces más comida que hace cuarenta años, mientras que la población mundial tan sólo se ha duplicado (GRAIN, 2008). Por lo tanto, no estamos hablando de un problema de “producción de alimentos”, sino de un problema de “acceso”, debido a que amplias capas de la población no pueden pagar los precios establecidos. Si en el Norte, tan sólo destinamos entre uno 10 y un 20% de la renta a la compra de alimentos, en el Sur esta cifra se eleva al 50-60% y puede llegar incluso hasta el 80%. Por lo que si en el Norte el aumento de los precios implica una pérdida importante de poder adquisitivo, en el Sur puede llegar a significar la imposibilidad de comer.

Las revueltas del hambre se han extendido, en este período, de punta a punta del planeta llegándose a contabilizar numerosas manifestaciones, huelgas y protestas en países como Bangla Desh, Haití, Egipto, Costa de Marfil, Bolivia, Indonesia, México, Filipinas, Pakistán, Mozambique, Perú, Yemen, Etiopía, entre otros. Estos alzamientos nos recuerdan a los que tuvieron lugar entre los años 80 y 90 en los países del Sur contra las políticas de ajuste estructural impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La causa, una vez más, el aumento de los precios de los alimentos básicos, del transporte, de la vivienda… que agravó las condiciones de vida de la mayoría de las poblaciones de estos países y dificultó su lucha por la supervivencia cotidiana. La historia se repite y las políticas neoliberales siguen dejando a su paso a millones de hambrientos. Pero, según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, los precios de los productos básicos seguirán subiendo al menos hasta el año 2010, lo que augura un futuro difícil y sucesivos motines si la gente no tiene qué comer.

El porqué de la crisis alimentaria

Si bien podemos indicar una serie de razones coyunturales que han producido esta subida de los precios, como puede ser el aumento de las importaciones de cereales por parte de países hasta hace poco autosuficientes, la pérdida de cosechas debido a fenómenos meteorológicos, el aumento del consumo de carne en países como América Latina y Asia y, desde mi punto de vista, principalmente la subida del precio del petróleo, el aumento de la producción de agrocombustibles y las crecientes inversiones especulativas en materias primas, no podemos olvidar las causas estructurales de esta crisis. Las políticas neoliberales aplicadas indiscriminadamente en el transcurso de los últimos treinta años (liberalización comercial a ultranza, el pago de la deuda externa por parte de los países del Sur, privatización de los servicios y bienes públicos…) así como un modelo de agricultura y alimentación basado en una lógica capitalista son las principales responsables de la situación actual.

Pero esta crisis no deja tras de sí tan sólo a una larga lista de perdedores, las multinacionales de la agroalimentación, que monopolizan cada uno de los tramos de la cadena de producción, transformación y distribución de los alimentos, son las principales beneficiadas de la misma. Los ingresos económicos de éstas no han parado de aumentar en el contexto de crisis. Así lo afirmaban las principales compañías de semillas, Monsanto y Du Pont, que declaraban una subida de sus beneficios del 44% y del 19% respectivamente en el 2007 en relación con el año anterior.

En la misma dirección apuntaban los datos de las mayores empresas de fertilizantes: Potash Corp, Yara y Sinochem, quienes vieron crecer sus beneficios en un 72%, 44% y 95% respectivamente entre el 2007 y el 2006. Las procesadoras de alimentos, como Nestlé, señalaban un aumento del 7% de sus ganancias en ese mismo período, así como las cadenas de la gran distribución. La principal empresa de supermercados en Gran Bretaña, Tesco, declaraba un aumento del 12,3% de sus beneficios en estos años, mientras que Carrefour y Wal-Mart indicaban que las ventas de alimentos significaban su principal fuente de ingresos (GRAIN, 2008).

La complicidad de instituciones y gobiernos

La cadena agroalimentaria está controlada en cada uno de sus tramos (semillas, fertilizantes, transformación, distribución, etc.) por multinacionales que consiguen grandes beneficios gracias a un modelo agroindustrial liberalizado y desregularizado. Un sistema que cuenta con el apoyo explícito de las élites políticas y de las instituciones internacionales que anteponen los beneficios de estas empresas a las necesidades alimenticias de las personas y el respeto al medio ambiente.

La supuesta “preocupación” por parte de estos gobiernos e instituciones (G8, Organización Mundial del Comercio, Banco Mundial, etc.), frente al aumento del precio de los alimentos básicos y su impacto en las poblaciones más desfavorecidas de los países del Sur[4], no ha hecho más que mostrar su profunda hipocresía respecto a un modelo agrícola y alimentario que les reporta importantes beneficios económicos. Un modelo que es, a su vez, utilizado como instrumento imperialista de control político, económico y social por parte de las principales potencias económicas del Norte, como Estados Unidos y la Unión Europea (así como de sus multinacionales agroalimentarias), respecto a los países del Sur global.

Pero no sólo la comida se ha convertido en un bien al servicio del mejor postor, los recursos naturales (que deben de garantizar la producción de alimentos), como el agua, las semillas, la tierra…,  que durante siglos habían pertenecido a las comunidades, han sido expoliados y privatizados. Un hecho que ha erosionado profundamente el acceso de estos pueblos a la producción y el libre consumo de alimentos. El derecho a la alimentación está hoy en manos de las multinacionales de la industria agroalimentaria. Trabajar la tierra, plantar las semillas, acceder al agua, comer alimentos libres de transgénicos y sin pesticidas… no es hoy una opción al alcance de campesinos y consumidores.

Concentración empresarial

La cadena agroalimentaria está sometida, en todo su recorrido, a una alta concentración empresarial por parte de corporaciones transnacionales que anteponen sus intereses económicos al bien público y comunitario. Si empezamos por el primero de los tramos de la cadena, las semillas, observamos como diez de las mayores compañías a nivel mundial (como Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer…) controlan la mitad de sus ventas. Se trata de un mercado con un valor aproximado de 21 mil millones de dólares anuales, un sector relativamente pequeño si lo comparamos con el de los pesticidas o el farmacéutico (ETC Group, 2005), pero debemos de tener en cuenta que se trata del primer eslabón de la cadena agroalimentaria y, en consecuencia, de los riesgos que su control entraña para la seguridad alimentaria de las personas. Las leyes de propiedad intelectual, que dan a las compañías derechos exclusivos sobre las semillas, han estimulado aún más la concentración empresarial del sector y han erosionado de base el derecho campesino al mantenimiento de las semillas autóctonas y la biodiversidad.

La industria de las semillas está íntimamente ligada a la de los plaguicidas. Las mayores compañías semilleras dominan también el sector de los plaguicidas y, frecuentemente, el desarrollo y comercialización de ambos productos se realizan juntos. Pero en la industria de los plaguicidas el monopolio es aún superior y las diez mayores firmas controlan el 84% del mercado global. Esta misma dinámica se observa también en el sector de la distribución de alimentos y en el del procesamiento de bebida y comida (ETC Group, 2005). Se trata de una estrategia que va en aumento. Las fusiones y las adquisiciones por parte de las compañías acaban siendo una práctica de “supervivencia” con el objetivo de conseguir la economía de escala óptima para competir en el mercado mundial.

La gran distribución, al igual que otros sectores, cuenta con una alta concentración empresarial. En Europa, entre los años 1987 y 2005, la cuota de mercado de las diez mayores multinacionales de la distribución significaba un 45% del total y se pronosticaba que ésta podría llegar a un 75% en los próximos 10-15 años (IDEAS, 2006).  En países como Suecia, tres cadenas de supermercados controlan alrededor del 95,1% de la cuota de mercado; y en países como Dinamarca, Bélgica, Estado español, Francia, Holanda, Gran Bretaña y Argentina, unas pocas empresas dominan entre el 60% y el 45% del total[5] (García y Rivera, 2007). Las megafusiones son la dinámica habitual. Las grandes corporaciones, con su matriz en los países occidentales, absorben a cadenas más pequeñas en todo el planeta asegurándose su expansión a nivel internacional y, especialmente, en los países del Sur global.

Este monopolio y concentración permite un fuerte control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede, cómo ha sido elaborado, etc. En el año 2006, la segunda empresa más grande del mundo en volumen de ventas fue Wal-Mart y en el listado de las cincuenta mayores corporaciones mundiales se encontraban también, por orden de facturación, Carrefour, Tesco, Kroger, Royal Ahold y Costco (IDEAS, 2006). Este modelo de distribución al detalle ejerce un fuerte impacto negativo en los actores que participan a lo largo de la cadena alimentaria: campesinos/as, proveedores, consumidores/as, trabajadores/as, etc.

En el ámbito de la agricultura, la gran distribución impone un modelo de producción donde las pequeñas explotaciones campesinas no tienen cabida, promoviendo un modelo de agricultura industrial e intensiva donde los alimentos que comemos recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestras mesas. En el punto de venta, los trabajadores están sometidos a una estricta organización laboral caracterizada por ritmos de trabajo intensos, tareas repetitivas y rutinarias y con poca autonomía de decisión. Se trata de un modelo de distribución que acaba con el pequeño comercio, el tejido local y que fomenta un modelo de consumo irracional e insostenible (Montagut y Vivas, 2008).

Si al monopolio ejercido a lo largo de toda la cadena alimentaria por parte de la agroindustria, le sumamos la parálisis de las instituciones internacionales y de los estados para dar soluciones efectivas a la situación de crisis alimentaria global, se pone de relieve la extrema vulnerabilidad de nuestro sistema de alimentación. Desde este punto de vista, es imprescindible reivindicar nuestro derecho a la soberanía alimentaria: que los pueblos puedan decidir sus políticas agrícolas y de alimentación, que puedan proteger y  regular la producción y el comercio agrícola interior con el objetivo de conseguir un desarrollo sostenible y garantizar la seguridad alimentaria. Un cambio de paradigma en la producción, distribución y consumo de alimentos sólo será posible en un marco más amplio de transformación política, económica y social (Vivas, 2008). La creación de alianzas entre los oprimidos del mundo: campesinos/as, trabajadores/as, mujeres, inmigrantes, jóvenes… es una condición indispensable para avanzar hacia ese “otro mundo posible” que preconizan los movimientos sociales.

Bibliografía

ETC Group (2005) “Concentración de la industria global de semillas-2005” en Communiqué, nº 90.

García, F. y Rivera, M. (2007) “La revolución del supermercado: ¿producir alimentos para quién? en Montagut, X. y Vivas, E. Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial, pp. 33-45.

GRAIN (2008), “El negocio de matar de hambre” en A contrapelo.

Holt-Giménez, E. y Peabody, L. (2008) De rebeliones por comida a la soberanía alimentaria: llamado urgente para reparar el destruido sistema alimentario en: http://alainet.org/active/24201

IDEAS (2006) La gran distribución: supermercados, hipermercados y cadenas de descuento en: http://www.ideas.coop/archivos/documentos/B15_OCT_Grandesuperficies.pdf

Montagut, X. y Vivas, E. (2008) Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria editorial.

Vivas, E, (2008) “Frente a la crisis alimentaria, ¿qué alternativas? en América Latina en Movimiento, nº 433, pp. 23-25.

 


[1] Esther Vivas es miembro del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Es autora de “En pie contra la deuda externa” (El Viejo Topo, 2008) y co-coordinadora de “Supermercados, no gracias” (Icaria editorial, 2007) y “¿Adónde va el comercio justo?” (Icaria editorial, 2006).

 

[2] Entre finales del año 2007 y principios del 2008.

[3] Según datos de marzo del 2008 y en relación con el año anterior.

[4] Ver declaraciones de la FAO en la cumbre de Roma en junio del 2008 o del G8 en Hokkaido (Japón) en julio del 2008.

[5] Algunas de estas cifras han sufrido cambios desde el año 2000.

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Artículo publicado por el Centro de Investigación para la Paz (CIP-Ecosocial) – en el  Boletín ECOS nº 4, sept.-oct. 2008.

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