Vivir sin supermercados

27/10/2008 at 15:01


Crónica de la charla de Esther Vivas en Tenerife

Lo que pasa en Tenerife

La activista a favor del consumo responsable Esther Vivas propone a los ciudadanos de Tenerife que creen cooperativas para comprar alimentos directamente a los agricultores. Critica el monopolio y los impactos negativos de las grandes cadenas de distribución.

Asimilamos como un acto rutinario el ir a comprar a los supermercados y grandes superficies sin pararnos a pensar que existen alternativas de consumo que, aparte de ofrecernos mejores precios, son más respetuosas con el empleo y el medio ambiente. A la hora de decidir dónde llenamos nuestras neveras y despensas deberíamos saber, entre otras cosas, que el sector de la distribución está controlado por unas pocas empresas y que eso influye en que los alimentos se encarezcan mientras las rentas de los agricultores bajan.

Sobre todo eso reflexionó este viernes 24 de octubre en la Facultad de Económicas de la Universidad de La Laguna, en Tenerife, la activista a favor del consumo responsable y el comercio justo Esther Vivas. Aparte de pertenecer a la asociación Red de Consumo Solidario, con sede en Cataluña, es coautora del libro Supermercados, no gracias publicado por la editorial Icaria. En su charla, ante no más de una treintena de estudiantes, insistió en la importancia de estar informados para comprar con criterio.

De entrada, aseguró que en España hay un “monopolio” en la distribución de los alimentos, pues el 55% del negocio, más de la mitad, está en manos sólo de cinco compañías: Carrefour, Mercadona, Eroski, Alcampo y El Corte Inglés. Es más, ese porcentaje crecería hasta el 75% si nos referimos a las siete principales centrales de compra, las que realmente abastecen a los súper e hipermercados.

Y esa altísima concentración, a su juicio, conlleva un aumento de los precios para el consumidor y una disminución de la renta para el agricultor. Citó un estudio de la coordinadora COAG para destacar que en algunos productos la diferencia entre lo que recibe el cosechero y lo que pagamos en el comercio llega al 400%. “El beneficio se lo están quedando los intermediarios”, concluyó.

Esther Vivas hizo hincapié durante su conferencia en los siguientes impactos negativos de las grandes cadenas de distribución:

* Cada vez hay menos agricultores en nuestro territorio. Esto a la larga se traduce en una destrucción del entorno rural. Los criterios comerciales se imponen a los sociales.

* Alimentación kilométrica. Nos venden frutas y verduras que vienen de muy lejos, especialmente de países en donde la mano de obra es barata. En ocasiones nuestra compra ha recorrido medio mundo antes de llegar a la mesa. ¿Por qué comemos tomates de Marruecos si los podemos producir aquí?

* Pérdida de la agrodiversidad. En los supermercados sólo encontramos, por ejemplo, manzanas “bonitas”, es decir seleccionadas desde un punto de vista estético, con un determinado color y tamaño. Esto pone en peligro la subsistencia de variedades, sobre todo autóctonas, que no cumplen con ese patrón.

* Trabajadores sin tiempo libre. Los métodos de contratación de estas empresas son demasiado flexibles (hoy tienes horario de mañana, al día siguiente de tarde) y están condicionados por su productividad y beneficios (en Navidad abren más tiempo, lo que exige un mayor esfuerzo de los empleados). Encima no ven con bueno ojos a los sindicatos y así es complicado conciliar la vida laboral y personal.

* Destrucción del comercio local. Hay estudios que revelan que en las poblaciones en las que se establece un hipermercado desaparecen puestos de trabajo en las pequeñas tiendas. En Estados Unidos, por cada empleo creado por la multinacional Wal Mart (la compañía minorista más grande del mundo) se destruye uno y medio de los otros.

* Degradación del medio ambiente. Nos obligan a coger el coche para desplazarnos a los centros comerciales ubicados en el extrarradio de las ciudades. Además, por lo general, sus empaquetados generan demasiados residuos no reciclables (plásticos). Se han visto casos de pepinos envueltos uno por uno en papel celofán.

* Falso “lavado de cara”. Algunas grandes superficies colocan en sus estanterías productos de comercio justo con el único objetivo de mejorar su imagen. Esa marca implica una serie de valores solidarios y laborales que no se cumplen en el punto de venta.

¿Qué alternativas tenemos? Esther Vivas citó algunas:

* Consumir de una forma responsable y crítica. El sistema capitalista en que nos movemos es insostenible. Si todo el mundo comprara al ritmo que lo hacemos aquí se necesitarían tres planetas Tierra para mantenernos. Renovar con mucha frecuencia la ropa o el teléfono móvil no implica ser más feliz.

* Buscar vías distintas a la gran distribución. Hay que acortar circuitos acudiendo a los mercados locales o directamente a los productores. El modelo de abastecimiento debe ser cercano y pegado al territorio. Esto es lo que los defensores del consumo solidario llaman la soberanía alimentaria: la tierra, el agua y las semillas deben estar en manos de los campesinos y no de los supermercados.

* Acción política. Los ciudadanos pueden agruparse para crear cooperativas de consumo que compren, sin intermediarios, a los agricutores. En Cataluña funcionan.

Después de explicar todo eso y casi al final de su intervención le dijo a los estudiantes: “Ésta es mi opinión, ahora os tenéis que formar la vuestra”.

Ver vídeo con un fragmento de la charla aquí>>

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