“Lo que mueve el negocio de la comida es hacer que las grandes empresas ganen dinero”

13/11/2015 at 10:23 1 comentari

esther-revistarambla-02Paula Clemente | revista rambla

Hace apenas dos semanas, la OMS advertía al mundo que la carne procesada podía provocar cáncer. Tras el susto y sorpresa inicial, se analizó el tema en medios de comunicación, se preguntó a expertos alrededor del mundo y se hizo sorna en Internet.

Ahora, con el tema ya asentado –y seguro que algo olvidado- hablamos con Esther Vivas, periodista e investigadora en movimientos sociales y políticas agroalimentarias. Ella, luchadora empedernida contra el TTIP, tiene muy asumido que el problema no está en la carne, sino en un proceso de producción totalmente nocivo y extremadamente abusivo contra el animal. Y, por supuesto, todo lo que ello conlleva.

Vayamos al grano, ¿la carne procesada provoca cáncer?

El problema actual, que se viene señalando ya desde hace tiempo y desde distintos ámbitos, es que se come demasiada carne y de mala calidad. Y eso es lo que provoca este tipo de situaciones sobre las cuales alerta la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se trata de un comunicado importante porque, como poco, enciende luz de alarma sobre una práctica vinculada al consumo con consecuencias muy negativas sobre nuestra salud y donde, en definitiva, hay intereses económicos detrás. Es la propia industria ganadera la principal promotora del alto consumo de carne hoy en día.

Pero la OMS dice que el principal problema es la carne elaborada. Por ejemplo, un bistec no sería conflictivo, no?

Bueno, ellos se refieren a la carne procesada, a la carne de mala calidad. Todo depende de la calidad de la carne: No es lo mismo la carne fruto de la producción animal de una industria ganadera en la cual los animales están en pésimas condiciones y se les subministran altas dosis de antibióticos u hormonas de crecimiento. Está claro que ésta es carne de mala calidad; es una carne producida para hacer negocio, con criterios sanitarios muy limitados, sobre todo en lugares como Estados Unidos -Esta es justamente la amenaza que cae sobre nosotros con el TTIP, que precisamente quiere reducir los estándares alimenticios para facilitar la comercialización de productos-. Si, por el contrario, hablamos de una ganadería a pequeña escala, donde los animales puedan pasturar y estén mantenidos en condiciones saludables, la calidad de la carne no tendrá nada que ver con la carne de la industria ganadera a gran escala.

¿Hay datos acerca del uso de antibióticos en animales?

La OMS señala que se suministran más antibióticos en el mundo a animales sanos que a personas enfermas. Los antibióticos también tienen un uso preventivo; los animales se encuentran en condiciones tan pésimas que son proclives a coger enfermedades, por ello se suministran antibióticos antes de que enfermen. En EE.UU, según datos de las propias agencias, el 80% de los antibióticos van dirigidos a animales. Solo el 20% va destinado a la salud humana. Nosotros, consumiendo este tipo de carne, estamos ingiriendo estos antibióticos por vía indirecta y eso se ha demostrado que genera resistencias a estos fármacos en la salud humana. Por todo esto, para mi el interrogante ya no está sólo en si compramos salchichas, bacon o un bistec, sino en el origen y en como ha estado elaborado la carne que consumimos.

Y nosotros, como consumidores, ¿cómo podemos saber qué carne es mejor elegir?

Está claro que en el supermercado la mayor parte de la carne que hallarás está elaborada por grandes industrias cárnicas. Por otro lado, cuando más procesado está el alimento, mayor será el impacto negativo en nuestra salud. No es lo mismo comer un bistec que un determinado tipo de salchichas. Pero más allá de si la carne es procesada o no, para mi el foco debería estar en cómo se produce esta carne. Y lo que vemos es que detrás de esta carne hay un proceso que pone muchos interrogantes sobre el impacto que tiene en nuestra salud. Y me explico. Cuando hablamos de transgénicos, a veces la gente se preocupa sobre los efectos que pueden tener sobre nosotros -hay estudios científicos que aseguran que podrían tener un impacto muy negativo, incluso cancerígeno, a pesar de que hayan agencias que lo rebatan-. Y, al final, la mayor parte de transgénicos que consumimos los ingerimos por vía indirecta a través de la carne: los animales, en la industria ganadera, suelen ser alimentados con pienso transgénico.

¿Y por qué no se toman medidas para mejorar estas formas de producción? ¿Por qué nos dicen a nosotros que esto es malo para la salud, en vez de intentar que las compañías no trabajen así?

Supongo que la OMS pone el acento en el impacto negativo de lo que es la mayor parte de carne a la que podemos tener acceso o consumimos sin poner tan en cuestión el origen. De esta manera, da un toque de alerta a la industria. Les dice: mira, este producto que usted está produciendo tiene un impacto negativo para la salud, cambie sus prácticas. Aunque creo que no sólo se trata de que la industria cambie sus prácticas, sino que también es necesario que se modifiquen otras cosas: las condiciones laborales que hay en estos centros -donde se explota de forma sistemática a los trabajadores- y los hábitos alimentarios. No se trata de ingerir la misma cantidad de carne aunque esta venga con etiqueta de “ecológica”, sino sustituirla por una alimentación más variada que no sólo provenga de proteína animal. La solución pasa, bien por comer menos carne, de más calidad y ser mucho más críticos con el consumo, o bien por apostar por otras fuentes de proteína animal.

¿Como cuáles?

Se puede comer proteína vegetal a partir de consumir frutos secos, legumbres, combinaciones de cereales con legumbres… Eso de que no hay nada que te aporte tanta proteína como la carne es un mito. A la vez, es necesario tener en cuenta que los escándalos alimenticios que se han ido produciendo a lo largo de los últimos años relacionados con el consumo de carne -desde las vacas locas, hasta la estafa cuando nos dijeron que comíamos carne de vacuno y en realidad era de caballo- afectan a muchas personas por que, ¿realmente sabemos lo que comemos? ¿Sabemos la calidad de la carne que estamos comiendo? Y esto ha llevado a que en los últimos años distintos informes avisen de que el consumo de carne en el mundo industrializado se haya estancado, no ha seguido creciendo de la misma forma que crecía hace unos años. Por el contrario, el consumo de carne aumenta exponencialmente en los países emergentes. En la India, un país vegetariano, hoy consumir carne está asociado a un determinado estatus social, mientras que ser vegetariano está asociado a ser pobre.

¿Todo esto afecta sólo a la carne?

No, la misma lógica que vemos en la producción de carne, se da en la industria agrícola y en la industria de producción de pescado. El objetivo para las grandes empresas es conseguir el máximo beneficio al menor coste, y si para eso es necesario rebajar estándares, precarizar las condiciones de sus trabajadores y vendernos gato por liebre, así lo hacen. De hecho, lo que hoy mueve el negocio de la comida no es alimentarnos de una forma sana y saludable, sino hacer que estas grandes empresas ganen dinero. Y de aquí los escándalos alimentarios que hemos visto y la alerta que ha puesto encima de la mesa la OMS.

Pero optar por otro tipo de comida, como la orgánica, supone una diferencia económica respecto a la comida de grandes productoras… Se puede querer adoptar este estilo de vida, pero no es algo que esté al alcance de forma tan sencilla.

Es necesario tener otra mirada con respecto a nuestra alimentación. Muchas veces pensamos que comprar alimentos es gastar, tirar el dinero, cuando en realidad alimentarnos es una inversión para nuestra propia salud. En primer lugar, en cuanto a la accesibilidad, en la medida en que uno da importancia a la alimentación por encima de otras cosas, se puede optar por canales de comercialización de alimento distintos donde se puede comprar comida más saludable y ecológica sin un gasto de tiempo exagerado. Hoy en día hay muchas opciones, desde pequeño comercio hasta cooperativas de consumo o incluso hacer comandas por internet. En cuanto al precio, todo depende de qué se compre y donde se compre. Y aunque pueda haber cierto incremento del precio, es producto de mayor calidad que beneficia a la salud. Si no me pongo enfermo, ahorro en sanidad.

Y aquí entra en juego el tema de la educación, cosa que parece que hemos perdido…

Si, nos hemos convertido en ignorantes por lo que afecta a nuestra alimentación. Eso se ve muy claro en los niños. Se ha perdido la conexión con lo que es la tierra, con saber de donde viene lo que comemos… Esto te lo explican los profesores: si tu le haces dibujar a un niño un pollo, te dibuja un pollo al as. Hemos perdido el vínculo con la tierra y, encima, tendemos a subestimarla: asociamos ser del mundo payés a ser ignorante. Hoy en día, comer es una cuestión de clase social, también aquí. No sólo por un tema económico, si no también por una cuestión de educación o de inquietud. Porque, por un lado, los ingresos determinan aquello que se consume; pero a la vez solemos gastarnos más en gadgets tecnológicos de última generación que no en comer. El reto que hoy tenemos es que para que todo el mundo coma más y mejor, esto tiene que ser una opción política colectiva. Y de aquí que sea tan importante que las instituciones se impliquen en fomentar este modelo de alimentación saludable y crítico.

¿Este tipo de producción de alimentos implica más problemas, a parte de los ya comentados?

Bueno, lo que señalan los índices de consumo de carne actuales es que son totalmente insostenibles desde un punto de vista medioambiental. Justamente el hecho de que la población mundial vaya en aumento plantea que es necesario cambiar el modelo de alimentación que se ha impuesto a escala global: Un modelo de alimentación occidental basado en alimentos procesados, mucho consumo de carne. Es precisamente este modelo de producción a gran escala que se plantea como solución a el hambre en el mundo, lo que provoca el hambre en el mundo. Y es justo lo que es insostenible en un mundo con cada vez más bocas que alimentar. Si el consumo de carne sigue a la alza, sobre todo en los países emergentes (China, Rusia, Indria, Brasil…) esto será imposible. Debemos pensar que hoy en día, un tercio de las tierras de cultivo en el mundo y el 40% de la producción de cereales se dirigen a alimentar a animales. Si en vez de eso se destinaran a las personas, se podría alimentar a la mitad de la población mundial y acabaríamos con el hambre en la tierra.

Esto es muy difícil…

No tanto. Todo depende de la voluntad política. Que haya voluntad política para cambiar las cosas. Tras el actual modelo de alimentación hay intereses económicos en juego. Porque son las grandes empresas las que salen ganando. Que nosotros seamos “adictos” al consumo de carne implica beneficios millonarios para las grandes empresas de la industria ganadera. Y por eso la declaración de la OMS ha generado criticas tan importantes por parte de la industria y por parte de colectivos científicos -muchas veces con vínculos con estas empresas-. De hecho, la puesta en marcha del TTIP introduciría el uso sistemático de hormonas en la industria ganadera en Europa y también el mayor uso de antibióticos dedicados al crecimiento de los animales: prácticas que están permitidas en EE.UU y prohibidas en Europa.

¿Qué se podría hacer desde un gobierno?

Pues, por ejemplo, abastecer toda la red de colegios, hospitales, centros de día y demás instituciones públicas con producto local, de km 0 y ecológico. No sólo comeríamos mejor y se daría acceso global a estos alimentos, sino que a la vez se daría salida a la producción agraria de nuestra casa. El problema que hoy tenemos es que se produce más comida que nunca en la historia, pero mucha de esta comida no acaba en nuestros estómagos. Ya no sólo porque gran parte de esta comida se tira -según datos de las Naciones Unidas 1/3 de los alimentos que se produce cada año en el mundo se malbarata-, sino que según unas estadísticas recientes de la OMS la mayor parte del malbaratamiento se produce en origen, en el campo, porque se paga el producto a un precio tan bajo que el payés ni lo recolecta. Y es que además, una buena parte se va a los animales y otra “a los coches”. Por lo tanto, tenemos comida, pero no nos alimenta; sirve a otras finalidades que no son la alimentación humana.

¿En resumen…?

Pues que el problema no es sólo el consumo de carne con un impacto negativo en nuestra salud, sino un modelo alimentario global que deja mucho que desear en relación a los estándares alimentarios de consumo de carne y otros productos como cereales o fruta y verdura elaborados con altas dosis de pesticidas… El cuestionamiento de nuestra alimentación debe ir mucho más allá de la carne; debemos plantearnos el modelo y como se producen estos alimentos.

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