Tractores a la calle

27/01/2017 at 14:20

tractors[en català]

Esther Vivas | Público

“Cerrado por defunción” es la amenaza que se cierne sobre el campo catalán, y los agricultores han dicho “ya basta”. Una marcha de tractores recorre estos días el territorio, y el sábado llega a Barcelona. La situación no podía ser peor, actualmente solo un 1,5% de la población activa en Catalunya trabaja en la agricultura, una gran parte mayores. La pregunta ineludible es, ¿quién nos alimentará en un futuro no tan lejano? ¿En manos de quién queda la agricultura y la alimentación?

Actualmente, un puñado de multinacionales de la agroindustria decide qué y cómo se produce, controlando la cadena agroalimentaria de inicio a fin, desde la comercialización de semillas a los supermercados. Se trata de grandes empresas que deslocalizan la producción, nos sirven alimentos kilométricos -cargados de agrotóxicos- y prescinden del campesinado. La lógica del máximo beneficio es la que impera, el derecho a una alimentación sana y saludable queda en un segundo plano. La comida se ha convertido en un negocio más, y a menudo es objeto de especulación.

La situación en el resto del Estado español no es mejor. Las explotaciones agrarias desaparecen a gran velocidad. Un ejemplo: entre el año 1999 y el 2009, en tan solo una década, éstas disminuyeron un 23%, según el Censo Agrario del Instituto Nacional de Estadística. El campesinado representa un débil 4,3% del total de la población activa, convirtiéndose cada vez más en una labor residual. Sin embargo, en los años 80 sumaba un 19% del total. ¿Qué ha sucedido? La globalización alimentaria, la concentración empresarial -cada vez menos explotaciones y más grandes- y una agricultura al servicio de las grandes superficies explican el declive.

La renta agraria también se ha desplomado. En Catalunya, lo ha hecho un 39% entre el 2001 y el 2015. Lo denuncia Unió de Pagesos, los convocantes de esta “marxa pagesa”, a la que se suman también campesinos que van mucho más allá que dicho sindicato en la crítica al actual modelo agroalimentario. Lo mismo sucede en el conjunto del Estado. Los costes de producción en cambio siguen incrementándose, y en la actualidad significan un 93% del conjunto de la renta agraria. La escalada de precios de la energía, de los fertilizantes y de los piensos han contribuido de forma decisiva al aumento. Los ingresos disminuyen, los gastos suben, las fincas cierran.

Trabajar la tierra no es una actividad social reconocida, a menudo justo lo contrario, ¿quién no ha oído ese despectivo “eres de pueblo”? Pero, ¿qué haríamos sin un mundo rural vivo? No se trata de defender el campesinado familiar per se, pues no todo lo pequeño es siempre bonito, ni olvidar las contradicciones entre pequeños propietarios y jornaleros del campo. Pero sí que es imprescindible situar el trabajo de cuidados (en este caso, cuidar lo que comemos y al territorio) en el centro de las políticas públicas y de nuestras vidas. Y aquí la agricultura local y campesina o ya aporta o tiene mucho que aportar.

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