“Para transitar sin culpas es importante desenmascarar el mito de la madre perfecta”

Stephanie Galliazzi | El Observador

Para la periodista española Esther Vivas el patriarcado se apropió de la maternidad. Primero, imponiendo un modelo en el que ser madre se ubicó como destino único de la mujer. Pero ahora, fomentando un “ideal neoliberal” donde la madre tiene que ser la superwoman sacrificada que puede cumplir con todas las presiones de la crianza sin fallar en las exigencias del mercado laboral. Mientras tanto, la también socióloga y docente reconoce que desde ciertos ámbitos del feminismo, la maternidad sigue siendo un tema incómodo.

Es por eso que en su libro Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad (Ediciones Godot, $890), la periodista propone reivindicar la maternidad como responsabilidad colectiva y politizarla en clave emancipadora. A lo largo de este ensayo, la autora combina una suculenta documentación histórica de la maternidad como construcción social, con herramientas conceptuales del feminismo y con el relato de su propia experiencia como madre.

“Una madre desobediente es una madre feminista que pone en cuestión los ideales edulcorados y tóxicos de maternidad establecidos. Es una madre que reivindica poder decidir sobre su cuerpo, embarazo, parto y lactancia”, describe Vivas y advierte: “Es importante devolverle a la maternidad ese valor social, político y económico que tiene y que se le ha sido negado”.

Sobre la necesidad de despojar a la mujer de culpas, visibilizar problemáticas como la violencia obstétrica y la gestación subrogada, y defender la lactancia materna como primer paso para la soberanía alimentaria, la periodista especializada en análisis político, consumo crítico y maternidades feministas dialogó con El Observador.

Mamá desobediente va por su novena edición en España, fue editado en Argentina, Chile y Colombia, y próximamente lo será en Bolivia y Brasil. ¿Esta demanda tiene que ver con una ausencia de teoría feminista actual que aborde la maternidad?

Creo que hay un contexto de emergencia de una nueva ola feminista que se está planteando nuevos debates. El libro ha coincidido con eso y con el hecho de que cada vez haya más mujeres feministas que son madres. Crecimos en un contexto donde la maternidad no es una imposición sino una elección y esto nos hace mirarla con menos prejuicios. Nos plantea también la necesidad de que haya un relato propio de la maternidad desde el feminismo.

¿Cuáles son los principales desafíos para construir ese relato?

Es importante mirar la maternidad como una cuestión política y no personal. Desde esa perspectiva política, vemos cómo la maternidad es un campo en disputa con el patriarcado que se ha apropiado de ella en sentido conservador y reaccionario, imponiéndonos históricamente el ser madres como mandato. Creo que el feminismo debe disputar este relato en clave emancipadora de derechos. Reivindicando el derecho de decidir de la mujer sobre su cuerpo, que implica el derecho de la madre a decidir sobre su embarazo, parto y lactancia. Se debe reivindicar la maternidad como responsabilidad colectiva y no solo de las mujeres. El feminismo no puede dejar a las mujeres madres huérfanas de referentes. Este es el reto que tiene pendiente.

La culpa de la madre atraviesa todos los temas que se abordan en el libro. ¿Por qué, pese a su evolución, la maternidad no logra desprenderse de esa sensación?

Porque hoy no debemos ser solo la madre abnegada y angelical de toda la vida. Tenemos que ser también la superwoman, esa madre que llega a todo, que tiene un cuerpo perfecto, porque hoy la maternidad también sufre una intensificación neoliberal consumista.

La culpa es una constante en la mujer, y en las madres sigue presente y a menudo es más elevada, porque se establece un ideal de madre perfecta que muy poco tiene que ver con la realidad. Como resulta imposible cumplir con esas expectativas, nos sentimos fracasadas y malas madres. Por otro lado, la culpa está presente ya que es muy difícil como madres tener una experiencia materna satisfactoria, una experiencia de parto respetado y una de lactancia como deseamos. Porque el contexto socioeconómico no acoge a la maternidad, pone muchas dificultades. Pero hay que tener en cuenta que el problema no somos nosotras, es la sociedad. Es el mercado de trabajo que es anti maternidad, anti crianza, anti cuidados. Creo que es importante mirar a la maternidad desde esa perspectiva para liberarnos de la culpa.

En el mundo actual “falta de todo tipo de facilidades para la crianza”, se sostiene en el texto. ¿Cuáles son las facilidades que más urgen?

Se deberían implementar ciertas políticas. Empezaría por dar permisos y licencias por maternidad más largas que las actuales. Son licencias incompatibles con, por ejemplo, la lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida. Por otro lado, promover la maternidad implica llevar a cabo políticas que promuevan la equidad social, el trabajo bien remunerado y no precario y que faciliten el acceso a una vivienda digna.

¿A qué te referís cuando hablás de una “eterna juventud” en la era del capitalismo moderno y la relacionás con el creciente retraso de la maternidad?

A menudo se nos plantea la dicotomía de que somos madres o somos libres, considerando que la maternidad implica un grado de sacrificio elevado que nos resta una parte significativa de nuestra libertad. Sin embargo la pareja, el casamiento o el trabajo estable, también nos restan libertad, incluso más que tener un hijo. Nos cuestionan constantemente de que o eres madre o eres libre pero no se plantea la misma dicotomía con otras experiencias de la vida. Es cierto que tener una criatura implica que tienes una persona a cargo. Pero la maternidad, cuando es una experiencia elegida, puede ser muy satisfactoria para la mayoría de las mujeres. Esa experiencia no debería ser contradictoria con el hecho de que las madres tengamos intereses que vayan más allá de la maternidad y la crianza. Y si a menudo la maternidad plantea tantas dificultades, no es por la maternidad en sí. Es porque el contexto no nos acompaña y nos dificulta la experiencia.

“Un gran número de parejas jóvenes ni siquiera se plantean tener criaturas porque cuando suman los salarios de ambos no llegan a un sueldo mínimo decente”, expresás. ¿Que no se llegue a ese salario es algo nuevo o lo nuevo es que ahora para tener hijos las parejas buscan primero la estabilidad económica?

Hoy en día la maternidad y paternidad suele ser una decisión bastante reflexionada. Se espera tener cierta estabilidad habitacional, laboral y de pareja. Pero muchas veces la seguridad económica nunca llega. Esto hace que se posponga la maternidad a veces hasta un momento que se choca con la infertilidad debido a la edad. Seguramente esta dinámica afecte más a determinados sectores sociales que a otros, pero es una realidad también presente en América Latina y muy presente en España (la edad media para ser madre se incrementó a 32,1 años). Vemos en varios países que las tasas de natalidad disminuyen año tras año, y esto tiene que ver en particular con las dificultades económicas.

En Mamá desobediente se expone que la infertilidad tiene varias de sus causas en el avance de la industria, pero que en lugar de abordar esas causas, desde el sistema sanitario se proponen soluciones que convierten a la infertilidad en un negocio. ¿Podrías explicar esa idea?

La infertilidad será una de las grandes enfermedades de este siglo, pero es muy silenciada porque a menudo se vive con vergüenza y culpa y en soledad. El gran problema es que, políticamente, no se abordan las causas estructurales que la generan. Por un lado, la infertilidad tiene que ver con la crisis ecológica global en la que vivimos, con la exposición a tóxicos ambientales y alimentarios. Así como en el último siglo viene desapareciendo un 75% de la agrodiversidad, la desaparición de especies animales y vegetales también tiene su correlato con la disminución de fertilidad de las personas. Además, tiene que ver con causas socioeconómicas que obligan a las personas a posponer el tener criaturas hasta una edad que, cuando desean tenerlas, se encuentran con dificultades.

Cuando se aborda la infertilidad, no se abordan estos problemas estructurales. Se plantean soluciones tecnológicas que no dan una respuesta real e implican un gran negocio por parte de determinadas empresas. Y no todo el mundo puede tener acceso a esos tratamientos. Está claro que los tratamientos de fertilidad pueden ayudar en determinadas ocasiones –y yo misma me he sometido–, pero la respuesta de fondo no pueden soluciones tecnológicas, sino políticas.

Reivindicás la ambivalencia –concepto que planteó Adrienne Rich a mitades de los años 70– como palabra clave para la reflexión feminista sobre la maternidad, ¿por qué?

No hay nadie a quien quieras más en el mundo que a tu bebé. Pero hay momentos en los que no puedes más con él y necesitas que alguien lo tome. La ambivalencia implica esos sentimientos de amor intenso y de frustración total. Esa es la maternidad real. Cuando socialmente se habla de la maternidad, nunca se hace referencia a este carácter ambivalente. Se nos plantea una maternidad perfecta donde la madre nunca se equivoca y siempre está disponible. Para transitar sin culpa y malestar es importante desenmascarar el mito de la madre perfecta y tomar conciencia de que la maternidad es una construcción cultural que viene muy determinada por el contexto económico y social. Nos encontramos con una sociedad patriarcal que invisibiliza las tareas de cuidados y considera que la mujer es cuidadora por naturaleza. Hay que poner en cuestión esta construcción.

“Maternizar la paternidad”, como proponés en el libro, ¿tiene que ver con derribar esa construcción?

Cuando se considera que la mujer tiene un instinto para cuidar, se trata de una construcción social y cultural. El apego que las madres sentimos por nuestras criaturas tiene que ver evidentemente con una parte biológica. Pero ese vínculo también se construye con el cuidado y lo pueden construir tanto madres como padres que estén implicados en esta crianza. Eso que llamamos instinto maternal lo puede tener una madre biológica, una adoptiva y también un padre. Por eso creo que es tan importante señalar que los padres deben involucrarse desde el nacimiento de la criatura con la crianza. Y no pasa solo por darle el biberón. Desde la sociedad se debe entender que la maternidad no solo implica a la madre, también al padre y a la sociedad en general.

“No es una técnica de reproducción asistida más sino un proceso biológico mercantilizado por el sistema capitalista”. En el libro queda clara tu mirada crítica sobre la gestación subrogada.

Puedo entender el deseo intenso de una persona por tener criaturas. Pero este deseo no puede vulnerar el derecho de terceras personas. Y en la gestación subrogada se vulnera el derecho de la madre gestante a poder decidir sobre su cuerpo a lo largo de los 9 meses de embarazo. Y se vulnera el derecho de la criatura a poder conocer a esa madre que lo gestó en su vientre. La gestación subrogada implica la mercantilización de un proceso fisiológico como lo es el embarazo. Considero que hay que denunciar esta práctica.

¿Cómo se debería abordar la violencia obstétrica?

Empezando por reconocer que existe. La violencia obstétrica es una de las últimas fronteras de al violencia de género, porque la hemos normalizado socialmente. Nos han dicho que un parto es que no puedas decidir, que te infantilicen, que no te informen adecuadamente, que se burlen de ti, que te hagan una cesárea cuando tal vez no es necesario, que te separen de tu bebé apenas nace, que no puedas dar el pecho. Además, no nos podemos quejar porque afirman que tenemos un bebé sano en nuestros brazos. Es fundamental reconocer que esta violencia existe. Para hacerlo es necesario cambiar la mirada de la sociedad en relación al parto y establecer alianzas con los profesionales de la salud para acabar con esta violencia obstétrica.

Tu crítica hacia la lactancia artificial no va hacia las madres que recurren a ella porque no tienen más opción, va hacia la desinformación que se fomenta desde la industria y la institución sanitaria. ¿Por qué?

Cuando hablamos de lactancia no se trata de juzgar que hace una madre, porque las madres hacemos lo que podemos. A menudo no somos las madres que queremos ser sino las que podemos en el contexto en que nos encontramos. Me parece importante defender las virtudes de la lactancia materna por sí misma en relación al bebé, la madre, la sociedad y lo medioambiental y denunciar los intereses que hay tras la industria de biberón. Está claro que es un gran instrumento si la mujer no puede o no quiere dar el pecho, pero hay intereses económicos vinculados a la industria alimentaria que han convertido a la lactancia artificial en un gran negocio.

A nivel científico se ha demostrado que la lactancia materna es la alimentación más adecuada para la criatura. Difícilmente es un alimento que pueda ser imitable en su calidad por la industria. La leche artificial es la más parecida a la humana, pero no es la misma. Aunque es adecuada cuando la lactancia materna no es posible ni deseada. También es importante reivindicar la lactancia materna como la mejor opción para las madres para recuperarse tras el parto y para generar un mayor vínculo con la criatura. Es la mejor opción para el bebé, su madre y la sociedad a nivel medioambiental. Porque la producción de leche materna no genera gases de efecto invernadero, no necesita de otros insumos para su producción más allá del propio cuerpo.

En efecto, sostenés que “la sustitución de la leche materna por la de fórmula es el mayor ensayo al que ha sido sometida una especie animal”. ¿Existe conciencia del peso que tiene la industria alimentaria desde el nacimiento?

Tenemos muy claro que la alimentación de los adultos es un gran negocio y se han denunciado por distintas vías los intereses de las multinacionales agroalimentarias en la pérdida del campesinado, en la disminución de la diversidad agrícola, en el aumento de enfermedades a distintos niveles. En cambio, obviamos que la alimentación de los bebés también es un negocio. Por eso creo que es importante denunciarlo y entender que la soberanía alimentaria pasa por decidir qué se produce y cómo se come. La soberanía alimentaria empieza por la soberanía lactante. La capacidad de la criatura de poder tomar el alimento que le resulta más saludable, que es la leche materna, y la capacidad de la madre para dar a la criatura ese alimento que le permite una mayor autonomía en la alimentación de su bebé.


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