¿Qué hay detrás de lo que comemos?

Laura Basagaña | Etselquemenges.cat

Esther Vivas continúa investigando hacia dónde van las políticas agrícolas y alimentarias actuales. Comprometida con el ecologismo, el vegetarianismo y autora de ‘Planeta indignado’ (Sequitur, 2012), ‘Del campo al plato’ (Icaria, 2009), ‘Supermercados, no gracias’ (Icaria, 2007), ‘¿Adónde fue el comercio justo? ‘(Icaria, 2006) y ‘En pie contra la deuda externa’ (El viejo topo, 2008), la escritora y activista acaba de publicar el libro ‘El negocio de la comida’ (Icaria Editorial), en el que analiza los factores que hacen que los alimentos nos lleguen tal y como lo hacen a los grandes centros comerciales e hipermercados.

¿Qué hay detrás de las grandes corporaciones? ¿Por qué hay tanta obesidad en el mundo y, al mismo tiempo, tanta desnutrición? ¿Por qué los alimentos envasados contienen tanto azúcar, tanta sal y tantos colorantes y aditivos alimentarios? ¿Cómo podemos cambiar las cosas? De todo esto hablamos con Vivas dentro de la cooperativa de consumo agroecológico El Carretó, junto al Ateneu Rebel del Poble Sec.

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El Estado Español es el sexto país que más alimentos derrocha en Europa. ¿Por qué se despilfarra tanta comida?

Vivimos en la sociedad del comprar y tirar y esto no sólo ocurre con los productos cotidianos, sino también con los alimentos. A menudo, si visitamos las tiendas de los grandes supermercados tenemos todo tipo de facilidades para comprar productos al por mayor y paquetes 2×1, ofertas de última hora. El resultado es que compramos mucho más de lo que necesitamos y, entonces, muchos productos se nos estropean en la nevera. Pero creo que es importante señalar que el derroche no sólo se lleva a cabo en los hogares, sino que del campo al plato hay muchos agujeros negros en los que se pierde la comida.

¿Cuáles son estos agujeros negros?

Desde un agricultor que recibe un precio tan bajo por un producto que no le sale a cuenta comercializarlo y lo deja en el campo pasando por los mercados mayoristas y la gran distribución en los supermercados -donde los alimentos parecen haber pasado un certamen de belleza para ser comercializados y, si no tienen el tamaño o el color correcto, no se venden-; hasta la restauración y en casa, donde las malas prácticas producto de una sociedad de consumo compulsiva hacen que se pierda la comida en el primer mundo. Hay que replantearse todo el modelo agroalimentario para que la comida llegue a buen puerto y sirva para alimentarnos, en lugar de servir para acabar en los contenedores de materia orgánica.

Y eso pasa por contactar con el productor local, evitando tantos intermediarios y haciendo que no se pierda este producto de calidad.

Sí, la relación directa entre agricultor y consumidor permite evitar intermediarios y que la mayor parte del beneficio de la venta vaya a parar a quien lo ha cultivado y elaborado. Al mismo tiempo, como consumidores sabemos qué comemos, de dónde viene y cómo se ha cultivado. Por lo tanto, ya sea a través de grupos de cooperativas de consumo, o de circuitos de comercialización cortos -hay diferentes modalidades y alternativas- salen ganando tanto los agricultores implicados como los consumidores que desean comprar el producto local y de calidad, sin necesidad del poder de distribución de los grandes supermercados.

En estos grandes centros comerciales -seguramente por cuestiones de marketing- la apariencia tiene más importancia que el contenido.

En los supermercados nos dicen que somos libres para comprar, pero esto no es cierto. Si bien es cierto que nosotros decidimos si entramos en el supermercado o no, una vez dentro, no elegimos lo que nos venden. ¿Qué encontramos? Productos con valor nutricional escaso, bonitos a la vista pero cargados de químicos y aditivos para conservarse más tiempo. Frutas y verduras insípidas -aunque bonitas a la vista, porque cuando estamos en el súper lo que cuenta es que compramos, comemos, a través de los ojos- y una variedad aparente de productos que provienen de una industria de procesamiento alimentario: con demasiada sal, con demasiado azúcar, altamente procesados y con grasas saturadas, llenos de colorantes con un impacto negativo en la salud. Son productos que quizás interesan a alguien que se quiere hacer rico vendiéndolos, pero al consumidor no le hacen bien para nada: lo paga con enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades autoinmunes, alergias, sensibilidad química múltiple…

Y además de hacer un flaco favor a la salud del consumidor encontramos productos que en lugar de ser de los agricultores del país vienen de la otra punta del mundo. ¿Cómo puede ser que los agricultores de aquí no puedan vender su producto fresco y de proximidad y en cambio en el súper haya frutas que han hecho viajes kilométricos?

Es de lógica que, si se puede, es mucho mejor comprar un producto de proximidad: primero porque tiene más nutrientes y vitaminas (que se acaban degradando durante el periodo de transportación), y después porque no contaminamos el medio ambiente con el transporte y ahorramos gasolina y emisiones de CO2.

Sí, pero es habitual encontrar en algunos supermercados frutas y verduras que vienen de continentes lejanos, económicos a pesar del desplazamiento aéreo o naval, porque han sido cultivadas a partir de la explotación laboral de los agricultores extranjeros. Y si son de un campesino local, desgraciadamente le han pagado un precio de miseria. Quien sale ganando es el dueño del supermercado, el resto de implicados pierden: en salud y en justicia social.

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En el libro también destacas estos puntos negros de explotación laboral. Cambiar el modelo agroalimentario no sólo tiene un impacto positivo en la salud individual y colectiva, sino que tiene consecuencias positivas en los derechos sociales de quien trabaja la tierra: remunerar adecuadamente a los agricultores y productores locales, mantener el sector de la agricultura en una situación menos precaria.

Es verdad que la mayoría de veces optamos por la alimentación ecológica por una cuestión de salud. Esto es muy importante y es básico que sea así, pero al mismo tiempo también tenemos que tener en cuenta que detrás de un producto ecológico, para que tenga un carácter realmente transformador, es necesario que haya un valor social añadido más allá. Por eso es tan importante, desde mi punto de vista, apostar no sólo por un producto libre de pesticidas y químicos de síntesis, sino también por un producto que sea local, de proximidad, de temporada, producido por la agricultura, porque no sólo se trata de comer mejor para salud -que es muy importante- sino también de apoyar un modelo determinado de campesinos, y un modelo determinado de agricultura de proximidad. Se trata de comer con mas justicia, tanto desde el punto de vista de la salud, como medioambiental y social.

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En tu libro también relacionas mucho el tema de la pobreza y la alimentación, y la forma en la que se retroalimentan.

Podemos afirmar que hay comida para ricos y comida para pobres, y que la crisis económica lo que ha hecho es generalizar un modelo de alimentación “bueno-bonito-barato” que acaba teniendo un impacto negativo en la salud, porque no es tan bueno, bonito ni barato como nos quieren hacer creer.

La crisis económica tiene un vínculo directo con la crisis alimentaria: la gente se queda sin trabajo, tiene menos ingresos, no puede pagar el agua, la luz ni la electricidad, y al final también debe recortar la comida. De hecho, el CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas, afirma que un 42% de la población en España ha cambiado de hábitos alimenticios debido a la crisis. Si tienes menos poder adquisitivo, gastas menos en comida. Compras productos, en general, de menor calidad. Y esto tiene un impacto en los sectores sociales más afectados por la crisis.

En alguno de los capítulos denuncias algunas cadenas de alimentación de comida rápida globalizadas que explotan a los trabajadores hasta tal punto que les pagan salarios tan bajos que sólo tienen para poder comprar la misma comida barata y poco nutritiva que la cadena comercializa.

El modelo alimentario actual es un círculo vicioso: en la gran distribución, los supermercados, o incluso, las cadenas de comida rápida lo vemos. Los grandes supermercados pagan unos sueldos bajísimos a los trabajadores, que tienen unas condiciones laborales muy precarias, pero con un salario suficiente para poder comprar los alimentos allí mismo. Esto en Estados Unidos se ve muy claramente en el ejemplo de Wal-Markt, que es una de las empresas más grandes del mundo que ofrece los productos más baratos del mercado pero a la vez paga los salarios más baratos del mercado. Pasa lo mismo con McDonald’s: los salarios son miserables, pero suficientes para pagar un McMenú de 4,30 euros.

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Comentabas también en el libro que dependemos demasiado del petróleo. “Comemos petróleo aunque no lo parezca”, escribes.

Sí, porque el modelo agroalimentario actual es un modelo totalmente dependiente del petróleo. Se basa en una producción agrícola intensiva en monocultivos, que necesita una gran maquinaria para trabajar el campo y de ahí radica esta necesidad tan grande de petróleo. Muchos fitosanitarios que se utilizan y aplican sobre las verduras y frutas cultivadas son derivados del petróleo. Además, buena parte de los alimentos viajan kilómetros y kilómetros del campo al plato, con la consiguiente necesidad de este combustible fósil. Cuando llegan al súper, te los encuentras sobreempaquetados y recubiertos con plásticos, que son derivados del petróleo. Y, finalmente, si compras en un gran centro comercial en las afueras de la ciudad, tienes que coger el coche, que evidentemente necesita petróleo. Y por eso decimos que es un modelo de alimentación adicto al petróleo y que hace que “comamos petróleo”.

Un modelo muy insostenible. Hablemos un poco, ahora, del tema de los agrotóxicos, que sería una consecuencia de querer producir cantidades por encima de lo que daría la naturaleza -para incrementar el beneficio económico a costa de la salud- sin tener que padecer ninguna plaga. Ahora bien, estos venenos van a parar al alimento que nos comeremos.

Nos han hecho creer durante mucho tiempo que el campesinado no podía alimentarse de una manera sana y saludable y que teníamos que confiar en la gran agroindustria y los supermercados, que son los que “sabían” producir y vender alimentos en masa y bonitos en apariencia (sin gusanos); cuando lo que hacen estas grandes cadenas es explotar a los agricultores productores y obligarlos a producir con pesticidas. Hoy en día, ya hemos descubierto que no hay que producir tanto alimento -saltándonos las plagas- sino aprovechar mejor el alimento que la naturaleza produce, y no envenenar la tierra con productos químicos de síntesis. ¿De qué sirve producir tantos alimentos, si muchos terminan en la basura? ¿No sería mejor producir cantidades más razonables sin tantos tóxicos y comer mejor? Evitaríamos muchas colas hospitalarias de enfermedades derivadas de comer pequeñas cantidades de tóxicos que año tras año se nos acumulan en el cuerpo.

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Mucha gente no se plantea que la comida que compra está tratada con pesticidas y cree que esta forma de hacer es inevitable. No es hasta que aparece una enfermedad que reacciona.

Detrás de este modelo de compraventa alimentaria, de este proceso de globalización de los alimentos con productos que vienen de la otra punta del planeta, se esconde una producción que necesita productos químicos de síntesis, para producir y conservar estos productos alimenticios que viajarán horas y horas y que deben llegar con buena apariencia a la tienda. También en el procesado y tratamiento de los alimentos (platos precocinados, fórmulas de comida preparada) se utilizan dosis altas de aditivos, potenciadores del sabor, edulcorantes, que nos dicen que pasan muchos controles, pero en realidad algunos, al cabo de un tiempo son retirados del mercado. Un anuncio publicitario nos dirá por televisión que comemos sano si compramos aquel paquete de verduras cortadas de la marca X, porque es verdura. Pero, ¿de dónde vienen esas verduras? ¿Aún conservan las vitaminas? ¿Cuántos conservantes llevan? Desde mi punto de vista, nunca habíamos comido tan mal, porque somos adictos a esta alimentación industrializada y procesada. Y las enfermedades vinculadas con lo que consumimos -problemas de sobrepeso, diabetes tipo 2, problemas cardiovasculares, alergias alimentarias, y un largo etcétera- tienen mucho que ver con todo esto. Incluso algunos tipos de cáncer tienen que ver con lo que comemos o no comemos, por consumir esta comida altamente manipulada por la industria.

Denuncias la cadena de intereses ocultos del mercado alimentario y cómo los encargados de validar la salubridad de un alimento o producto tienen fuertes lazos con ciertas empresas productoras de determinados alimentos, de tal modo que se dice que X producto es inocuo y después no lo termina de ser.

Lo que vemos es que a menudo la legislación que regula y determina lo que comemos -o que invalida y retira del mercado los productos nocivos para la salud- viene dictada por personas que vienen de la agroindustria, de la industria biotecnológica protransgénica, afín a los alimentos transgénicos. Hay una serie de agencias internacionales que deben velar por la salud y garantizar que la alimentación sea segura; pero en realidad velan por los intereses de las grandes empresas del sector.

Y pongo un ejemplo: aquí en España tenemos la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que debe garantizar que lo que se comercializa es seguro. Ahora bien, ¿quién está al frente de esta agencia? La directora es la señora Ángela López de Esa Fernández, que antes de ocupar este cargo fue durante diez años una de las principales directivas de Coca-Cola, que se cogió una excedencia para entrar en la Agencia Española de Seguridad Alimentaria. Creo que hay que preguntarse qué independencia tendrá esta señora, cuando viene de esta industria privada, a la hora de evaluar la seguridad o inocuidad del aspartamo -que es un edulcorante no calórico, sustitutivo del azúcar, que en Coca-Cola han utilizado mucho y utilizan en la Coca-Cola Zero- y que diversas investigaciones científicas vinculan con efectos cancerígenos. ¿Qué posición tendrá la Agencia con esta señora al frente, en relación con este producto a la hora de evaluarlo? Como esta señora no querrá perjudicar los intereses de Coca-Cola, dirá que es inocuo. Hay un conflicto de intereses claros que es lo que explica, en última instancia, el porqué de las políticas actuales, que benefician sólo a unos cuantos en detrimento de la mayoría.

¿Qué pasa cuando una compañía quiere introducir una nueva sustancia o producto en el mercado? ¿Quién evalúa los riesgos?

Son las agencias de seguridad alimentaria que evalúan la idoneidad o no. En Europa es la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria y lo que pasa de verdad es que muchos de los estudios terminan avalando la entrada de estos aditivos o productos químicos nuevos en nuestra alimentación, porque no los realizan personas independientes, sino las mismas empresas del sector, que quieren cubrirse las espaldas y no perder dinero. Además de los vínculos que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria tiene, en este caso, con las empresas privadas del sector. Interesa más la economía que la salud.

¿Cómo podemos pasar del sistema agroalimentario actual -que prima el beneficio de la empresa, más que el respeto al medio ambiente, las condiciones justas laborales y una producción responsable y sin tóxicos de cualquier cultivo alimentario- a la lucha por la soberanía alimentaria sin semillas transgénicas y manteniendo las variedades ecológicas que se están perdiendo por culpa del cultivo con transgénicos?

Es importante tener claro que hay alternativas. En primer lugar hay que preguntarse qué hay detrás de lo que comemos. Tener información, para poder ser críticos y tener un criterio propio sobre estos temas, poner en duda las informaciones publicitarias seductoras de todas estas grandes corporaciones alimentarias que quieren vender más que alimentarnos. A partir de aquí, tenemos que actuar según nuestras necesidades e intereses, y tener también muy en cuenta que la coherencia absoluta no existe. En cuanto a la agricultura y el consumo, debemos pensar que, como consumidores, tenemos mucho poder y podemos exigir que se nos venda producto sano y sin químicos, al tiempo que protegemos el productor local. ¿Cómo? Ya hemos comentado antes que una opción es optar por participar en grupos de cooperativas de consumo agroecológico, o bien, ir a comprar directamente a productores de confianza y que sabemos que no usan pesticidas, porque están sensibilizados con el respeto al medio ambiente y la salud. A la vez, nosotros premiaremos este compromiso con un precio justo hacia ese colectivo de agricultores. También podemos ir a mercados rurales, en tiendas locales comprometidas y que comercializan productos ecológicos de temporada y de proximidad.

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Quizás también habría que lograr que la administración pública proteja este tipo de iniciativas.

Sí, sería necesario que las potenciara. Conseguir que estos agricultores que quieren hacer bien las cosas no se mueran de hambre y se vean abocados a hacer como una gran mayoría: usar químicos y cargarse nuestra salud y la del planeta. Y darles trabajo a través de contratos con comedores escolares que ofrezcan producto ecológico, de calidad y que haga decrecer el paro de estos agricultores.

¿Cómo pueden los colectivos más afectados por la crisis reclamar el derecho a una alimentación sin tóxicos?

Hay algunas iniciativas de lucha contra los desahucios, que reivindican el derecho a una alimentación más digna. Y tal y como ocupan viviendas vacías en manos de bancos, también ocupan terrenos adyacentes para cultivar huertos urbanos. Porque del mismo modo que alguien no llega a fin de mes para pagar la hipoteca, mucha gente no llega a fin de mes para pagar la comida. Pienso que en un contexto de crisis económica como el actual, es importante que los huertos urbanos más que tener un carácter educativo y simbólico, que es necesario que lo tengan, puedan aportar una alimentación sana y de calidad a muchas familias que sufren la crisis y que, sin embargo, necesitan más que nunca los nutrientes, vitaminas y minerales de una agricultura ecológica y sin tóxicos.

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