El comercio justo en la encrucijada

Una reseña del libro ‘¿Adónde va el comercio justo?’

Miguel Romero | Viento Sur

El comercio justo, como sucede frecuentemente con las actividades vinculadas con las ONG, se desarrolla en la práctica desde perspectivas antagónicas: un “asistencialismo mercantilizado” (cuya expresión más conocida, ahora de actualidad, son los “apadrinamientos”) y una acción solidaria genuina.

En el comercio justo la primera es “tradicional y dominante”, como se lee en el muy clarificador artículo inicial de Esther Vivas; la segunda, “global y alternativa”. Podemos encontrar escenarios semejantes en otras prácticas sociales fronterizas con el mercado que se están extendiendo entre la gente alternativa: por ejemplo, las cooperativas de producción, de consumo, de crédito… Por eso la lectura de este libro es útil más allá de su tema específico.

El conflicto sobre el etiquetado, al que hay referencias en varios artículos y es el tema central de uno de los que escribe Xavier Montagut, ilustra de una manera especialmente clara estos dilemas.

El sector “tradicional”, un “oligopolio con posición dominante”, encabezado en nuestro país por la ONG Intermón-Oxfam, impulsa el sello FLO (Fairtrade Labelling Organizations) un certificado basado exclusivamente en las condiciones de producción en origen, orientado a que estos productos entren en los grandes circuitos de producción y distribución; para este sector, ése es el objetivo fundamental del “comercio justo”, porque es lo que garantizaría pagar un “sobreprecio” a los productores. Este sello y otros similares están siendo utilizados por multinacionales como Nestlé, McDonalds, Procter&Gamble, Starbucks, etc., y cuenta con el significativo aval del Banco Mundial. El artículo de Alberto Gómez Flórez muestra con contundencia los efectos destructivos de este tipo de políticas en la agricultura mexicana.

El sector solidario y alternativo, que también se define en el libro como aquel que considera al “comercio justo” como un movimiento social antes que una actividad “comercial” (“Los espacios de mercado en los que construimos experiencias alternativas son elementos de resistencia y lucha que para ser eficaces, o incluso para poder mantenerse, deben combinarse con la lucha general por otro mundo”), propone certificaciones autogestionadas, sellos participativos controlados por productores y consumidores, una alternativa muy digna de apoyo, aunque nada fácil de ponerse en práctica.

Esto me lleva a un tema del libro que no termino de ver claro. Un artículo de Federica Carraro, Rodrigo Fernández y Jorge Verdú informa sobre una encuesta a 34 organizaciones de comercio justo existentes en el Estado español. Una de las conclusiones más significativas de la encuesta es que las compradoras (“compradores” no parece haber muchos) son mayoritariamente mujeres de más de 35 años, con un trabajo vinculado a la enseñanza, que realizan sus compras con una frecuencia muy baja (en el libro se lee que la frecuencia “es inferior a un mes”; no sé si lo interpreto bien, pero en ese caso no me parece tan baja; creo entender que entre compra y compra pasa normalmente más de un mes). A partir de datos como éste, se considera que el mercado potencial de los consumidores actuales sólo está desarrollado en un 30% y por tanto es aquí, y no mediante la entrada en los grandes canales de comercialización, donde habría que focalizar el desarrollo del comercio justo.

Éste es uno de los temas importantes en el debate entre el sector “tradicional” y el sector “alternativo”. Estoy de acuerdo, por supuesto, en que el comercio justo tiene que desarrollarse con la mayor autonomía posible del mercado, sostenido fundamentalmente por el tejido asociativo crítico del orden existente, lo que significa en primer lugar que quienes compramos estos productos, compremos más y más frecuentemente. Pero para ello, creo que es necesario mejorar mucho las redes de distribución, incluyendo la conexión con otras redes cercanas, como las “cooperativas de consumo”, y la oferta de productos existentes.

Mientras comprar “comercio justo”, entendido en sentido “alternativo”, sea fundamentalmente un acto militante, que obliga a largos desplazamientos que terminan frecuentemente en compras simbólicas, me parece difícil que aumente ese 30%. Y fortalecer al sector “alternativo”, política, pero también económicamente, es una condición para que se pueda retribuir adecuadamente a los productores comprometidos con este sector y que se pueda plantear con claridad ante la gente que quiere comprar “comercio justo” que las etiquetas tipo FLO no responden a sus expectativas.

Sería lamentable que cuando empieza a extenderse una cierta conciencia entre los consumidores para seleccionar con criterios “sociales” una parte de sus compras, los grandes beneficiarios sean las que ya controlan los mercados tradicionales, como se denuncia con claridad en el libro. Pero al consumidor que quiere comprar productos de “comercio justo” y a los que podemos convencer de que no lo haga en beneficio de Nestlé o del El Corte Inglés, hay que ofrecerles alternativas no demasiado exigentes. La progresiva mercantilización de la mayoría del “comercio justo” obliga, creo yo, a considerar la extensión del “comercio justo” alternativo como una cuestión de supervivencia. En ella estamos comprometidos quienes producen, quienes comercializan, quienes venden y quienes compran. Este libro es muy útil para poner en acción ese compromiso.

Reseña publicada en el nº91 de la revista Viento Sur.

Email
Whatsapp
Telegram
Instagram
Facebook
Twitter
TikTok
LinkedIn
Cart Overview