“Nos hemos creído el espejismo de una alimentación sana, variada y en libertad”

04/02/2015 at 10:49

ev_salmon_brCarlos Saavedra | El Salmón Contracorriente

¿Por qué en unas partes del mundo se tira la comida a la basura mientras que en otros puntos del planeta los niños se van con hambre a la cama o simplemente mueren por no tener qué comer? ¿A qué lógica responde esta desfachatez?

Hablamos con Esther Vivas (Sabadell, 1975) con motivo de la reciente publicación de su último libro El negocio de la comida (Icaria ed.) en el que analiza el fenómeno del hambre y la industria agroalimentaria.

¿Por qué hay hambre en pleno siglo XXI?

El hambre hoy es el máximo ejemplo de que el modelo de agricultura y alimentación actual no funciona. Nos encontramos en un mundo donde se produce más comida que nunca. En un sistema con sobreproducción de alimentos pero en cambio vemos cómo 1 de cada 7 personas en el planeta pasa hambre. Las causas del hambre, ya sea en los países del sur o aquí en el norte, es resultado de la mercantilización que se ha hecho de la comida y los alimentos, que han dejado de ser un bien común para convertirse en una mercancía y en un negocio en manos de unas pocas empresas, de modo que si no tienes los recursos económicos necesarios para comprar comida, ésta acaba antes en la basura que en nuestros estómagos.

¿En qué momento histórico se convierte en mercancía la comida?

El hambre es una realidad que se ha producido cíclicamente pero lo que distingue el hambre de hoy al hambre del ayer es el contexto de sobreproducción, que es resultado de unas políticas agroalimentarias que han puesto énfasis en la producción per se y no en alimentar a las personas. El sistema de globalización alimentaria actual se pone en marcha en los 70, con la irrupción de las políticas de la revolución verde que impusieron un modelo de producción de comida industrial e intensivo que permitió cultivar muchísimos alimentos, pero ponía trabas para que estos llegaran a las personas y reducía al máximo la capacidad del campesinado de controlar la producción.

Las políticas de la revolución verde en ese momento significaron la extensión a escala global de la producción industrial, la privatización de los insumos agrícolas y la aplicación sistemática de agrotóxicos, imponiendo un modelo donde quien determina qué es lo que comemos son las grandes empresas de la industria.

¿Qué es el neoliberalismo alimentario del que hablas en el libro?

Son estas políticas surgidas tras la revolución verde en los 60 y 70 promovidas por fundaciones privadas, gobiernos y agroindustria que convirtieron la agricultura y la alimentación en un negocio. Políticas que han significado suglobalización, promoviendo unos determinados cultivos que se han generalizado a escala mundial, como pueden ser determinadas variedades de arroz, de trigo o la misma soja. Lo que hace que se esté comiendo, salvando las distancias, prácticamente lo mismo en los cinco continentes.

¿Qué impacto tiene todo esto?

El impacto del neoliberalismo alimentario se ha dado en varios niveles. El hambre es la cara más visible, pero hay más, como es la pérdida de diversidad agrícola. El siglo pasado desapareció el 75% de la diversidad agroalimentaria, según datos de la FAO. Y el campesinado en los países del Norte está desapareciendo. En el estado español poco más de 4% de la población activa trabaja en el campo. Es un modelo que se basa en la dependencia del petróleo para producir comida con alimentos que viajan miles de kilómetros a pesar que estos mismos alimentos se producen también a nivel local. Y también es un sistema que nos enferma con aquello que comemos, con alimentos altamente procesados, que permiten un mayor beneficio a la empresa privada pero que no tienen en cuanta nuestra salud.

¿Por qué dices que comemos petróleo?

Toda la industria alimentaria actual tiene una gran dependencia de este combustible fósil. Si empezamos por el campo, el modelo industrial de agricultura intensiva necesita de gran maquinaria para cultivar estos monocultivos. De ahí, viajan miles de kilómetros para llegar nuestras mesas. Se deslocaliza la producción en los países del sur, se pagan sueldos de miseria a sus trabajadores y se aprovechan de una legislación medioambiental flexible. Igualmente el modelo de comercialización que se promueve a través de grandes superficies en las afueras de las ciudades hace que dependamos del coche para ir a comprar alimentos que están envasados en plásticos, cuyo origen es el petróleo.

¿Qué son los desiertos alimentarios?

Es uno de los resultados más dramáticos del modelo de comercialización de las grandes superficies. En Estados Unidos es una realidad que consiste en que los supermercados, buscando el máximo beneficio se instalan por doquier, y cuando lo hacen bajan los precios de sus productos haciendo la competencia desleal a los comerciantes locales, cuando estos se ven obligados a cerrar los supers los vuelven a subir, y si al final la inversión no les sale rentable, porque se trata de un barrio con pocos recursos económicos, cierran y se van. El territorio se convierte en lo que se llama un “desierto alimentario”, donde solo quedan los restaurantes de comida rápida para ir a comprar comida.

¿Crees que ese modelo de comercialización tan agresivo se aplica o se puede aplicar en España con los mismos resultados?

El mercado español tiene una realidad distinta al estadounidense o canadiense. Aquí lo que sí tenemos es un impacto similar en el pequeño comercio, que no puede competir contra este modelo. Hay estudios que demuestran, en Estados Unidos, que por cada puesto de trabajo que se crea gracias a una gran superficie se destruye 1,5 puestos de trabajo en el pequeño comercio. La reinversión que se hace en lo local es muy inferior que la que hace el comercio local. Por lo tanto, su desaparición no solo implica una pérdida de modelo de ciudad más interconectada sino una pérdida de rentabilidad económica en el territorio.

¿Por qué gustan tanto los centros comerciales? ¿Por qué se reproducen sin parar?

El centro comercial se ha vinculado siempre a modernidad, ofertas, ahorro para el consumidor, flexibilidad horaria, libertad a la hora de escoger entre una gran cantidad de productos… Pero toda esta perspectiva en gran medida es falsa. Se trata de una ilusión. Son mitos en los que se sustenta este modelo. Hablan de variedad pero en realidad homogeneizan lo que comemos; nos hablan de precios baratos, pero la media de los productos que podemos encontrar en el supermercado no son tan baratos. Además acabamos comprando más de lo que pensamos inicialmente. Este modelo de consumir 24 horas, en domingos y festivos es irracional y superfluo y va en detrimento de nuestra calidad de vida y la de los trabajadores.

¿Por qué se consume tanta comida fuera de su temporada? ¿Cómo se convence a la gente de los beneficios de comer lo que dictan las temporadas de la naturaleza?

Muchas veces nos preocupamos de si gastamos dinero en comida, asociamos comer a gastar dinero. Cuando comer es una inversión, empezando por nuestra salud. Una de las críticas que se hace a menudo a la agricultura ecológica es que es cara, pero, en realidad, consumir productos de temporada ahorra dinero, al igual que lo hace el consumir menos proteína de origen animal, todo depende de qué comes y dónde lo compras. Consumir alimentos que van en consonancia con las estaciones del año nos beneficia. Si las naranjas se producen en invierno es por alguna razón, por la vitamina c que producen, la sandía se da en verano porque contiene mucha agua para hacer frente a las altas temperaturas. Hoy hemos desaprendido todo este saber vinculado a lo que comemos.

La FAO cifra en 76 kilos de carne por persona los que se comen al año, ¿Por qué crees que el consumo de carne está tan generalizado? ¿Por qué somos tan carnívoros?

Vivimos en una sociedad en la que se nos ha convertido en adictos al consumo de carne, de proteína animal. Se come carne varias veces al día, cuando no es necesario para nuestra salud, a la vez que tiene un negativo impacto medioambiental, ya que la ganadería una de los principales generadores de gases de efecto invernadero. Nos han convertido en adictos a su consumo porque le interesa a la industria ganadera. Se produce mucha carne, y en consecuencia se tiene que consumir. Algunos países del sur han visto sustiuído su modelo tradicional de alimentación, menos carnívoro, a dietas con un alto consumo de proteína animal como es el caso de la India, donde el consumo de carne incluso se asocia a cierto estatus social. Hay que plantearse la cantidad de carne que se come, demasiada y de mala calidad.

¿Son los beneficios del consumo de leche un mito? ¿Qué tienen de verdad?

Hoy en día se suministra más antibióticos a animales sanos que a personas enfermas, lo dice la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y estos antibióticos, a través del consumo de carne o derivados de producción animal como la leche, el queso, etc. pasan a nuestra alimentación. Se trata de modelo de industria ganadera intensiva, supeditada al dinero, que no tiene cuenta ni nuestra salud ni el bienestar ni el respeto al animal.

¿Por qué el mercado tiene tanto poder sobre los productores imponiendo condiciones sobre los productores, medidas, pesos…?

El modelo alimentario que se ha impuesto está vinculado a un determinado sistema de distribución de comida, se produce a gran escala, se comercializa a nivel internacional para dar respuesta a un modelo de distribución basado en las grandes superficies que establecen unas determinadas características a los alimentos íntimamente vinculadas al modelo de producción de los mismos. Esto nos hace creer que consumimos sano, variado y en libertad, pero es un espejismo, todo está estandarizado.

¿Por qué importamos los mismos productos, a veces de peor calidad que los que luego exportamos a otros mercados?

Esto pasa porque el modelo agroalimentario está hecho para ganar dinero, no para nutrirnos de una manera saludable y con una perspectiva de justicia social y medioambiental. Se deslocaliza la producción a los países del sur, pagando sueldos de miseria al campesinado con condiciones laborales mucho más precarias que las de aquí. Por otro lado, alimentos que aquí se producen a gran escala, subvencionados por la Unión Europea, generan un excedente que se exporta a países de África, América Latina, Asia, donde estos productos, al estar subvencionados, se venden por debajo de su precio de coste y hacen la competencia desleal a los productores del sur, acabando con su producción. Un sinsentido.

¿A qué se debe la explosión actual de programas de televisión relacionados con la cocina?

El show televisivo vinculado a la comida sin incidir de donde viene esa comida ni cómo se ha producido se queda en la superficia, y no entra a valorar lo verdaderamente importante.
Se trata solo de un espectáculo, ni más ni menos.

¿Cómo definirías la agricultura ecológica?

La agricultura ecológica se define como una agricultura que no usa pesticidas ni fertilizantes químicos de síntesis, pero más allá de la definición formal, para mí, su potencial transformador se da cuando vinculamos este modelo de agricultura a lo local y campesino. No solo se trata de ir a buscar la etiqueta de lo ecológico sino de buscar la historia que hay detrás del alimento, apostar por una agricultura local, de proximidad, que tiene en cuenta el entorno, el ecosistema… Si no le damos ese valor social, fácilmente esta alternativa puede ser cooptadas por ese capitalismo verde que quiere aprovecharse de estas prácticas para ganar mercado o lavar su imagen.

¿Cómo se conjuga la promoción de la agricultura y el consumo local aquí con el desarrollo de los productores y el campesinado de los países en vías de desarrollo?

La mejor manera de apoyar a los campesinos en el sur es con la creación de mercados campesinos en los países de origen, apostar por una economía local y campesina allí. El modelo de globalización alimentaria favorece la instalación de grandes monocultivos e infraestructuras en los países del sur, que producen a gran escala y precarizan la mano de obra, cultivando principalmente para la exportación, no para que su gente coma.

Cuando defendemos la agricultura local, ya se aquí o en los países del sur apostamos por el empoderamiento campesino y la soberanía alimentaria, con un mayor acceso a los alimentos por parte de la población, poder decidir qué se cultiva y qué se come.

Pero hay productos que si los queremos consumir hay que importarlos, como el café, el cacao o el té…

Al incorporar productos a nuestra dieta que aquí no se producen hay que importarlos del sur, pero hay que hacerlo a través de vías de comercialización justas, garantizando unos ingresos dignos a los productores y apostando por un modelo de producción cooperativo y local.

¿Son los grupos de consumo una alternativa real a este modelo?

Hoy, afortunadamente, ada vez más personas que se preguntan sobre lo que hay detrás de aquello que comen y apuestan por una alimentación ecológica, campesina y local. Cada vez hay más experiencias y más canales que facilitan la comercialización de estos productos.

Las cooperativas de consumo llevan años funcionando, unen a consumidores y campesinos, establecen una relación de confianza y de solidaridad entre el campo y la ciudad, pero hay otros canales también como los mercados campesinos, productores que venden cestas de comida directamente a los hogares, etc.

Para finalizar, ¿qué alimentos consume Esther Vivas?

Es importante apostar por la dieta saludable, variada y desde mi punto de vista vegetariana y, obviamente, ecológica. Mi consumo se basa en la compra en una cooperativa de consumo de Barcelona, El Carretó, y también en Ceres, un pequeño comercio local que vende producto ecológico de temporada y campesino.

¿Y tu menú diario?

Para desayunar por la mañana tomo zumo de naranja y avena con kéfir y frutas; a media mañana un bocadillo con pan integral y artesano con queso o paté vegetal; para almorzar, imprescindible la ensalada y luego legumbre con cereales o pasta o verdura cocida. Por la tarde mandarinas o manzanas, ahora con es temporada, y por la noche, en general, una sopa de verduras.

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