Mamá desobediente: ejercicio de feminismo y maternidad

Victoria Gabaldón | Mamagazine

Esther Vivas (Sabadell, 1975) es madre de un niño de cinco años, periodista y socióloga. Es autora y coautora de diversos libros sobre sistema agroalimentario y movimientos sociales, entre ellos El negocio de la comida (2014), Planeta indignado (2012), En pie contra la deuda externa (2008) o Supermercados, no gracias (2007). Colabora como analista política en varios medios de comunicación, forma parte del consejo asesor de la revista Viento Sur y fue galardonada en 2015 con un Premio Biocultura al periodismo comprometido con la ecología.

Un año después de publicar su libro Mamá desobediente: una mirada feminista a la maternidad, las ocho ediciones que ha encadenado este título bien reflejan que el texto no para de ganar fuerza. Un texto que aborda temas poco explorados hasta hace relativamente poco tiempo, cuestiones que van asomando poco a poco la cabeza, porque cada vez más mujeres (madres o no) reclamamos más testimonios, más información, más posibilidades y más poder de decisión sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras vidas. Temas como la infertilidad, el embarazo, la pérdida gestacional, el parto, la violencia obstétrica, el puerperio, la lactancia o el negocio del biberón hacen su aparición bien acompañados de premisas, datos y análisis, bañados con la siempre cálida (y a veces aterradora) luz de la experiencia propia.

Mamá desobediente está dedicado a tu hijo. ¿Cuál es la huella de tu hijo en tu trabajo?

El punto de partida que me llevó a escribir Mamá desobediente fue una cierta indignación, el hecho de constatar, una vez me quedé embarazada, cómo la maternidad es una cuestión profundamente invisibilizada y no valorada a nivel social, político y económico y también, en buena medida, por el conjunto de movimientos que aspiran a transformar el sistema. A partir de aquí, mi experiencia como madre, desde una perspectiva feminista, tiene un peso importante en el trabajo que llevo a cabo.

¿Cuál y cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Cómo es después de serlo? ¿Ha habido cambios significativos?

Soy periodista, durante muchos años he trabajado analizando el impacto de los movimientos sociales alternativos en lo político y lo social. También escribo y hablo sobre el modelo agrícola y alimentario, y cómo éste supedita las necesidades de las personas a los intereses de unas pocas empresas. A partir de mi experiencia como madre, sumé la maternidad y la crianza, desde una perspectiva feminista, a mi campo de trabajo.

En concreto, mi interés reside en visibilizar la vulneración de derechos que sufren las madres en el embarazo, el parto, el postparto y también la imposición de una maternidad ideal que nos hace vivir esta experiencia con mucha culpa. Todas estas reflexiones y más, las volqué en el libro Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad, que fue publicado hace un año por Capitán Swing en castellano, (en Cataluña por  Ara Llibres). Un año más tarde, el libro lleva ya 8 ediciones en España. Y también ahora acaba de salir publicado en Argentina y Chile y en breve se publicará en Colombia y Brasil con editoriales de estos países, algo que me hace muy feliz.

¿Qué es lo mejor para ti de la experiencia maternal? ¿Y lo peor?

Lo mejor de mi experiencia como madre ha sido la propia experiencia materna, que llegó tras cinco años de intentar quedarme embarazada y tener que someterme a varios tratamientos de reproducción asistida. Una vivencia dura que también narro en el libro, porque considero fundamental visibilizar esos tabúes que rodean la maternidad. Ser madre es para mí lo mejor de esta experiencia. Haber tenido una maternidad libremente elegida, haber podido decidir sobre mi embarazo, mi parto, dando a luz en casa acompañada de una comadrona, tener una lactancia que, pese a las dificultades iniciales, fue satisfactoria. Y ahora, cinco años después de que naciera mi hijo, con todas las ambivalencias y contradicciones que genera la maternidad, sigo disfrutando, y mucho, de esta experiencia.

Y, ¿lo peor? Constatar la dificultad para encajar la experiencia materna en el ámbito laboral, la poca importancia que la sociedad da a la maternidad y a la crianza, que vivimos en una sociedad profundamente adultocéntrica. Todo esto lo vemos en el contexto actual de emergencia sanitaria, cuando se prohíbe a los más pequeños salir a la calle, cuando esto es fundamental para su bienestar psíquico y emocional. Sin embargo, no se tienen en cuenta sus necesidades. ¿Cómo podemos tener a las criaturas encerradas en casa las 24 horas del día durante más de un mes? ¿Qué impacto tendrá esto en su desarrollo? En particular, en niñas y niños de familias con menos recursos económicos que viven en pisos con poca luz o incluso algunos en una sola habitación. Me parece muy grave lo que está sucediendo. En cambio el decreto de estado de alarma, sí tiene en cuenta las necesidades de los perros, y permita a sus dueños sacarlos a pasear, algo que me parece pertinente, pero ¿quién piensa en los pequeños? Algunos incluso los acusan de ser «supercontagiadores».

Tengo la impresión de que la sociedad, en vez de apoyar la crianza, nos está dando a elegir entre ser madres o ser libres. ¿Crees que podemos ser ambas cosas? ¿Por qué no nos dejan elegir la maternidad que deseamos?

A menudo se nos plantea la dicotomía de que o somos madres o somos libres y es cierto que la crianza implica la pérdida de un cierto grado de libertad, tanto para mujeres como para cualquier persona que crie, pero el problema reside en que esta pérdida de libertad a menudo se ve incrementada por el hecho de ser mujeres. El problema, en definitiva, no es la maternidad, sino un sistema socioeconómico y un mercado de trabajo que da la espalda a la crianza y a los cuidados y niega que las personas somos seres interdependientes.

Feminismo y maternidad… ¿cómo definirías la maternidad feminista? ¿Es el feminismo contemporáneo más o menos inclusivo con la maternidad?

A mí me resulta difícil no entender la maternidad desde una perspectiva feminista, porque si una de las máximas del feminismo es poder decidir sobre tu cuerpo como mujer, ¿qué hay de más feminista que poder decidir, como madre, sobre tu embarazo, parto y lactancia?

Creo que hay muchos prejuicios desde los feminismos a la hora de mirar a la maternidad. Y esto se debe a que la maternidad históricamente ha sido una imposición para las mujeres: se nos ha impuesto una maternidad patriarcal, donde las mujeres no podíamos decidir; una maternidad que se basaba en la idea de una madre sacrificada, abnegada, al servicio de sus criaturas y su marido. Y evidentemente hay que romper con todo esto. Sin embargo, la maternidad libremente elegida, la experiencia de las madres, es también otra cosa. Se trata de una experiencia que hay que reivindicar en clave de derechos, desde una mirada feminista, igualitaria, emancipadora, de justicia social. No se trata de idealizar la maternidad, pero sí darle el valor que le ha sido negado y señalar que la maternidad es responsabilidad de todos. El feminismo, considero, debería hacer bandera de esta maternidad feminista, libremente elegida, así como de los derechos de madres y criaturas.

Pensamos que ser madre es “algo natural”, una cualidad que la mujer lleva de serie. Que tiene el derecho y la obligación de ejercer (salvo que su cuerpo no se lo permita) y que responde a su deseo personal desde un punto de vista sentimental. Pero cuando comenzamos a escarbar, encontramos que nos vemos constantemente dirigidas y juzgadas. A lo largo de la historia el trabajo (siempre no pagado) de la mujer, su responsabilidad, función y valía era el de traer hijos al mundo. Nuestros hijos no son solo el fruto de nuestro vientre, sino también muy necesarios para la sociedad en momentos como el que vivimos ahora mismo, porque, por ejemplo, son ellos quienes pagarán nuestras pensiones en el futuro. ¿Solo hablamos de políticas que defiendan el derecho a una maternidad digna cuando amenazan con tocarnos el bolsillo? ¿No llegamos tarde para esto?

La maternidad feminista es la gran ausente del debate político institucional. Por un lado, la reivindicación de la maternidad ha sido tradicionalmente patrimonio de sectores conservadores, que han hecho bandera de una maternidad patriarcal, donde las mujeres no podíamos elegir, una maternidad opuesta al derecho a decidir de las mujeres sobre nuestro cuerpo, opuesta al derecho al aborto. De aquí que las formaciones progresistas han desarrollado un prejuicio a la hora de reivindicar la maternidad, porque la identifican con esta mirada reaccionaria.

En los últimos años, sin embargo, ha habido un significativo debate a nivel parlamentario sobre los permisos iguales e intransferibles y hay un acuerdo mayoritario, tanto en posiciones de izquierdas, que han liderado esta propuesta, pero también de derechas, en ampliar el permiso de los padres para que su permiso avance y se asemeje al de las madres. De aquí que este año 2020, los padres ya tienen un permiso de paternidad de 12 semanas, con lo cual el permiso de los padres, en poco más de cuatro años, ha aumentado casi en un 500%, y ha pasado en poco tiempo de dos a doce semanas. Mientras que el permiso de las madres, en más de 30 años, desde 1989, no se ha movido ni una coma de unas míseras 16 semanas. ¿Por qué? Porque todas las formaciones políticas siguen viendo a la maternidad como un obstáculo para las mujeres en el ámbito laboral. Y es cierto: si tú eres mujer y eres madre se te penaliza aún más en el empleo. Pero el problema no es la maternidad: es este mercado de trabajo. Pienso que es necesario que las formaciones políticas progresistas cambien su mirada sobre la maternidad, que no obliguen a adaptar la maternidad y la crianza al mercado de trabajo, sino que sea el mercado laboral que se adapte a las necesidades de las personas.

¿Cuándo deberíamos comenzar a escuchar hablar sobre violencia obstétrica para saber reconocerla y no sufrirla? ¿Cuándo debe comenzar la educación para la maternidad? ¿Por qué no sabíamos que maniobras como la de Hamilton o la de Kristeller no deben hacerse sin previa información y consentimiento?

Acabar con la violencia obstétrica implica reconocer que existe, lo cual no es fácil porque la violencia obstétrica sigue siendo una de las últimas fronteras de la violencia de género. La sociedad ha normalizado la violencia obstétrica. Consideramos que es normal que se te programe o induzca el parto, que éste acabe en cesárea, que te hagan una episiotomía. No somos conscientes de que estas prácticas deberían realizarse de manera excepcional. Sin embargo hoy, en España, todas estas maniobras se dan en un porcentaje superior al que la OMS considera justificado o razonable. Y cuando esto es así, cuando estas prácticas se realizan de manera innecesaria, infligen un dolor físico y emocional en las mujeres, y son constitutivas de violencia de género.

La cesárea, por ejemplo, es una operación de cirugía mayor que solo debe realizarse cuando es indispensable, pero la hemos normalizado. Se tiende incluso a pensar que un parto normal es un parto por cesárea, cuando la cesárea debería ser la excepción. ¿Por qué pasa esto? Porqué el parto es considerado una enfermedad, una patología, y esto hace que se sobremedicalice, lo que da lugar a menudo a mayores complicaciones. Una cesárea, una episiotomía o un parto instrumental cuando son necesarios son imprescindibles, pero el problema es que en la actualidad se realizan, en no pocos casos, de manera rutinaria. El parto, sin embargo, es un proceso fisiológico normal, en el cual la mujer debería ser considerado un sujeto activo, con capacidad de decisión. Necesitamos otra mirada al parto, una mirada feminista, en defensa del parto respetado. 

Email
Whatsapp
Telegram
Instagram
Facebook
Twitter
TikTok
LinkedIn
Cart Overview