«Hay que disputar el relato de la maternidad»

Malena Costamagna Demare | Fixiones

Madres sacrificadas, al servicio de la familia y de la productividad capitalista; madres sin derecho a goce; madres que se encuentran con un sistema de salud hostil. En diálogo con Fixiones, la autora de “Mamá desobediente”, Esther Vivas, y Julieta Saulo – psicóloga social, doula y puericultora, creadora de Las Casildas– apuntan contra los mandatos sobre la maternidad e invitan a pensar en “maternidades”. 

Uno de los aspectos más asociados históricamente a las mujeres ha sido la maternidad. Se nos ha juzgado, explotado y vanagloriado por la misma razón. En conversación con Fixiones, la española Esther Vivas, autora del libro “Mamá desobediente”, y Julieta Saulo, psicóloga social, doula y puericultora, creadora de Las Casildas, reflexionan sobre la existencia de “maternidades”, una pluralidad de experiencias que es imposible encasillar o estandarizar. Estas maternidades atraviesan géneros y clases sociales, así como el género y la clase atraviesan la maternidad. La revista reúne experiencias de madres y profesionales que relatan sus experiencias en el intento de reflejar la maternidad en el diálogo, en el contexto, en sus trechos de luces y de oscuridad, más que en su discurso único.

La imagen que por momentos se traba, devuelve la sonrisa cansada pero dispuesta de Esther Vivas. La autora explica por qué elige partir desde una perspectiva feminista: “es una mirada que plantea disputarle al patriarcado el discurso de la maternidad para poder tener una experiencia materna con placer, gozo y derechos”.  Ser madre no debería significar criar en solitario, quedarse encerrada en casa o renunciar a otros ámbitos de nuestra vida, y ser feminista no tendría que conllevar un menosprecio o indiferencia respecto del hecho de ser mamá”, escribe Vivas como manifiesto en la introducción de su libro. 

¿Existe el placer en la maternidad? Vivas responde sin vacilar: “el gozo se encuentra en los márgenes de la experiencia materna, tal vez en lo íntimo, esos momentos a nivel personal donde una puede disfrutar de su embarazo y posparto con sus luces y sombras, esa ambivalencia”. La española habla acerca de cómo los modelos que tiñen la experiencia de las madres están supeditados al capitalismo o hacen del trabajo doméstico y la casa el hábitat natural de las madres en sentido tradicional. Entonces, redondea Vivas, “gozar de la maternidad es ir a corriente de la maternidad que nos han impuesto”.

Esther Vivas, autora de «Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad».

Julieta Saulo camina por las calles de Buenos Aires mientras conversa con Fixiones. La psicóloga social y doula define a la maternidad como “patrimonio de la humanidad”. “Todo el mundo sabe, todo el mundo opina y pareciera que todo el mundo lo hace mejor que una. Hay todo un mandato en relación a ser madre y en relación a cómo debemos ser madres. Básicamente estándares a los cuales nadie llega y eso trae mucha culpa”, explica. También declara que asistimos a un cambio en la maternidad, pero en otras líneas: “desde mi perspectiva siempre digo que por suerte cambió. Las mujeres hoy estamos insertas dentro del mercado laboral y eso para nosotras tiene un costo enorme porque malabariamos entre el ámbito público y el ámbito privado”.

Vivas le hace eco mientras aclara que esto sucede porque el ideal materno está atado con doble nudo. Por un lado, a una mirada patriarcal que nos dibuja como sacrificadas al servicio de la familia y, por otro, con una mirada productivista capitalista. “Las madres al mismo tiempo que se supone tenemos que estar criando, tenemos que estar disponibles para el mercado de trabajo, tenemos que tener un cuerpo perfecto, no podemos equivocarnos: tenemos que ser una superwoman”, concluye.

La maternidad abruma, absorbe. ¿Cómo gozar y aprender de ella sin ser consumida? ¿Sin quedar reducida a “madre” o “madre de”? He aquí el dilema de muchas feministas, mujeres, que no han querido renunciar a tener criaturas”. [Extracto de “Mamá desobediente” ]

Parir en paz

Argentina cuenta con la ley 25.929 de Parto Respetado, que garantiza el resguardo de las decisiones de las personas gestantes en relación a cómo, con quién y en dónde parir. Además, incorpora el respeto de la fisiología del cuerpo y el acompañamiento necesario para la toma de decisiones autónomas, seguras e informadas antes, durante y después del parto en todo el país. “Tenemos una ley de avanzada a nivel mundial, el tema es que no se cumple, está vigente”, advierte Saulo. 

Las cifras son alarmantes. Según el Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO) de Las Casildas, uno de cada tres bebés nace por cesárea aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una cifra superior al 10-15 por ciento no está justificada. Sin embargo, en nuestro país, el 67 por ciento de los partos en el sector privado y un 31 por ciento en el público acaban en cesárea, expone el informe Tiempo de Parir. Tanto en el trato como en la intervención médica, las mujeres madres experimentan la violencia obstétrica. Frases como “le estás haciendo mal a tu bebé” evidencian los números: seis de cada diez mujeres no se sintieron contenidas durante el parto y a tres de cada diez mujeres les hicieron sentir que ellas o su bebé corrían peligro. Casi la mitad no estuvo acompañada durante el parto, según el OVO.

“Como todo en la vida, no sabes cómo vivirás la experiencia de ser madre hasta que te encuentras con ella, y para cada mujer es distinto. Habrá quien llegue a la maternidad sin quererlo, quien lo querrá desde pequeña, quien después se arrepentirá, quien estará exultante”. [Extracto de “Mamá desobediente” ]

El mismo término de “persona embarazada”, objeto de disputa durante la discusión del proyecto de ley para combatir la violencia obstétrica en la Ciudad de México, busca erradicar la violencia para la diversidad de identidades que habitan el embarazo, como es el caso de los varones trans. La desinformación en los centros de salud y la hiper feminización del embarazo también es una forma de violencia durante el embarazo para las personas trans o no binarias.

“Mi parto es mío”, se titula la segunda parte del libro “Mamá desobediente”. Le sigue un apartado con el título de “Nos han robado el parto”. Vivas escribe sobre el mito del parto color de rosa, las mujeres espléndidas a minutos de dejarse la vida en el alumbramiento y la depresión posparto. También sobre la violencia obstétrica, se detiene sobre cómo se le ha impuesto al embarazo la hegemonía médica y cómo revertirlo: empezar por las instituciones, trabajar con el personal médico como aliados y aliadas. Muchas veces incluso los propios médicos son víctimas de un protocolo que no respeta los tiempos de cada embarazo durante su parto y posparto. “Yo decidí dónde quería parir, cómo quería parir y por lo tanto fue una experiencia de autonomía y goce”, relata Vivas, que dio a luz a su hijo en su casa, entre gritos, arañazos, instrumentos médicos y la enrojecida mano de su pareja apretada por la suya.

Cada experiencia es singular. Saulo pregunta: “¿qué pasa con las mujeres que se quieren programar una cesárea?, ¿son menos por eso? No, de ninguna manera y eso tiene que ver con que podemos decidir y con que estamos atravesadas por una cultura”.

De carne, huesos y madres

“Mi primer hijo fue Diego, lo tuve a los quince años cuando estaba en séptimo grado”, en el barrio conocido como 1.11.14. Eli se enteró que iba a ser mamá y decidió no contárselo a nadie. “Nunca se hablaba del tema, no se hablaba de aborto. Yo no dije nada como hasta los cuatro o cinco meses de embarazo. Cuando le dije a mi mamá se me quedó mirando y me dijo ‘¿qué?’. Se puso a llorar de tristeza. Yo era muy chica, Diego para ella era un problema”, recuerda.

La sanción de la Ley de Educación Sexual marcó un camino para cambiar las cosas. Eli remarca que hoy con sus hijos, sí habla de lo que antes no. Y se encuentra acompañando el embarazo de la novia de su hijo mayor, de 17 años, de una forma muy distinta de cómo ella lo vivió.

Con dos años y varios barrios de diferencia, Carla también fue madre en su adolescencia. Iba a un colegio católico, tenía un uniforme que le tapaba la panza, diecisiete años y ocho meses de embarazo para cuando llegaba el verano y terminaban sus clases de cuarto año. “Primero viví en una negación terrible”, cuenta Carla y resuena en las palabras de Eli.

“Después se fueron enterando”, cuenta Carla, “y siempre está la crítica, aunque no siempre en la cara”. Su familia tampoco supo qué decirle cuando les contó, pero para ella, la clave es el contexto y tanto el padre de su hijo, Mateo, como su familia, la apoyaron durante el embarazo. Carla recuerda que al principio le costó mucho ser otra cosa que no sea madre. “Yo dejé de hacer todo. A mi me encanta leer: no leí más, no vi una serie más”, relata Carla. Recién cuando Mateo cumplió dos años se inscribió en el CBC para ser traductora y empezó a salir con sus amigas.

A Carmen, que es vecina de Eli y la primera de sus hermanas en ser mamá, su papá no le habló por tres días cuando le contó que estaba embarazada. Carmen conversa mientras amamanta a su bebé, mientras otra niña, Cata, su hija de dos años, asoma la cabeza en su pantalla. “Era de terror”, ríe Carmen mientras relata que antes de ser madre hacía gimnasia artística y fotografía. Le gustaba ir a talleres de género y pasar todo el día en la calle, de boliche en boliche apenas tuvo dieciocho y sus padres la dejaron empezar a salir. “Todo eso fue disminuyendo a medida que fueron naciendo las niñas”, cuenta.

Recuerda muchas más cosas: dormir en los hospitales a la espera de un turno, preguntarles a los médicos qué le pasaba a su hijo. “Ellos me decían que ya iba a hablar, pero el nene ya tenía tres años y no me decía nada”, cuenta Carmen. Después de dos años de visitar muchos hospitales, diagnosticaron a Mirko con un retraso madurativo. También existió la culpa para Carmen: “fue todo un proceso hasta aceptar lo que estaba pasando. Todo un proceso de entender por qué me había pasado a mi”.

Eli tuvo a sus tres hijos por cesárea. Su primer hijo nació prematuro y tuvo que pasar un mes y medio internada con Diego, que estuvo dos meses en la incubadora. Recuerda sentirse “muy extraña” y no saber bien qué hacer. “El tiempo internada fue horrible. Lloraba mucho, me sentía mal, ya no quería estar ahí”, recuerda.

En su primer embarazo, Carmen no tenía mucha noción de lo que era un parto respetado. Y, además, tenía mucho miedo. “Vos ibas, te acostabas en una cama y el médico lo recibe sentado, ahí es la comodidad del médico. Y al ser chica tampoco reclamaba mucho”, recuerda. 

¿Cuál es la posición más cómoda para la parturienta? En su libro, Vivas explica que en el pasado se paría en posición vertical. Cuando la atención al parto se desplazó paulatinamente del hogar al hospital se pasó a dar a luz en decúbito supino o acostada boca arriba, una posición que está más adaptada al hospital que a la fisiología.

Hay críticas que forman parte de la violencia obstétrica. Carmen cuenta que el hospital más cercano es muy discriminatorio. “Ah, ¿te duele? Lo hubieses pensado antes de abrir las piernas”, es uno de los comentarios que otras madres recibieron ahí. La violencia aumenta si estás sola, dice Carmen, mientras cuenta que tuvo la suerte de tener una caravana de autos familiares que la siguieron en hilera de camino al hospital cuando empezó con contracciones. “A la chica de enfrente, que le habían hecho una cesárea, no la venían ni a limpiar porque estaba sola”, recuerda.

Para Carla, el parto no fue tan malo. “Siempre pensé que me iba a sentir mucho peor”, dice. Una noche calurosa cinco años atrás, empezó a sentir dolor de espalda. Cuando la partera la revisó, tenía una dilatación de cuatro centímetros. “Falta poco, falta poco”, en el trayecto al hospital, el papá de Mateo hablaba sin parar, “¡cállate!” respondía la madre. Mateo nació a las cuatro de la mañana y cuando más miedo tuvo Carla, fue cuando inesperadamente, sintió unas ganas irrefrenables de pujar, tantas, que acostada de costado sobre la camilla sentía que su bebé se iba a caer. Tres intentos después, ahí estaba Mateo.

Julieta Saulo, psicóloga social, doula y puericultora, creadora de Las Casildas.

Madres, ¿solas?

“Uno de los registros emocionales más potentes, que se repiten como en serie entre todas, es el de la soledad”, cuenta Saulo. Aquel registro fue lo que la llevó a formarse como doula, puericultura y comenzar a armar dispositivos para personas en etapas de gestación. Nueve años atrás, Saulo era una publicista y estudiante de Psicología Social viviendo en el sur del país. Solo después del nacimiento de su hija se dio cuenta de que había transitado su embarazo totalmente desinformada.

“La figura de la doula existe hace muchos años”, explica. “Antes los embarazos se vivían en comunidad con mayor presencia de las mujeres de la familia. Siento que hoy es una gran diferencia entre un embarazo hoy y transitarlo hace varios años atrás”, agrega. Saulo explica que una doula es una aliada de la familia que la busca. Y la palabra “familia” es clave porque aunque existen diversos modelos familiares, el concepto que más resuena hoy en día es el de “mapaternidad”. Y además, ¿la maternidad es solo cuestión de madres? También hay hombres que transitan embarazos, a los que se le agrega tener que lidiar con un sistema que muchas veces no reconoce su identidad ni sus derechos.

Todo esto ante una sociedad que, según Vivas, “califica la crianza como una responsabilidad femenina”. Ir hacia una responsabilidad compartida, es la propuesta de Vivas. En las palabras de la autora, “hay que maternizar la paternidad”. Y para eso, pelear licencias de paternidad, esgrime Vivas. “Los hombres tienen la capacidad de cuidar a sus hijos. Aunque la sociedad diga lo contrario”, asegura.

La legislación no acompaña la equidad y propone una batalla. Saulo enfatiza: “hablamos de corresponsabilidad en relación al cuidado y los varones tienen 48 horas de licencia y las mujeres 45 días posparto. Es ridículo”.

¿Cómo ha cambiado la concepción de la maternidad hasta hoy? Uno de los principales cambios, según Vivas, es que ha pasado de ser un mandato a ser en buena medida una elección. La idea fundamental que recorre las páginas de “Mamá desobediente” y que subyace en todas las charlas, es que la maternidad, así, en singular, está bien vista y es aceptada “siempre y cuando esté confinada al ámbito del hogar y a lo individual, y no cuestione las dinámicas del trabajo productivo, las relaciones socioeconómicas y el sistema patriarcal”, esgrime la autora en el apartado ‘Madres, bebés y política institucional’”. Vivas finaliza remarcando que la concepción de la maternidad condiciona mucho la experiencia materna y es esa construcción la que sedimenta las críticas. “A menudo no somos la madre que debemos ser, sino la madre que podemos ser. Hay que disputar el discurso de la maternidad para tener una experiencia materna con placer, gozo y derechos”, afirma, y se despide rápido diciendo voz baja que tiene que acostar a su hijo.

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