«Al sistema se le ha caído la careta»

Alfredo Percovich | Caras & Caretas

Esther Vivas es periodista, socióloga y escritora. Nació en Barcelona y se ha especializado en análisis político, consumo crítico y maternidades feministas. A lo largo de la década del 2000, estuvo comprometida con el movimiento antiglobalización y el movimiento antiguerra y participó activamente en distintas ediciones del Foro Social Mundial.

Su activismo derivó en el análisis de movimientos sociales alternativos y en ese tiempo publicó En pie contra la deuda externa (2008) y Planeta indignado (2012), en calidad de coautora. A partir del 2004 abrió un nuevo campo de reflexión sobre políticas agroalimentarias y consumo consciente. Sus principales obras en esta materia son ¿Adónde va el comercio justo? (2006), Supermercados, no gracias (2007) y El negocio de la comida (2014). A raíz de convertirse en madre, en 2015, empezó a escribir sobre maternidades, parto, violencia obstétrica y lactancia materna desde una perspectiva feminista y ecologista.

En la actualidad, Vivas se desempeña como analista política en espacios de televisión, radios, escribe en periódicos de España y además imparte clases en distintos centros universitarios. Sus libros agotan ediciones en España y América Latina y suele ser consultada por medios de comunicación de distintos continentes para hablar de deconstrucción de la maternidad, del mito de la «madre perfecta» y «todopoderosa», así como también de los médicos formados sin perspectiva de género. En este sentido, ella sostiene que no se trata de «profesionales malos, sino que no se los forma en cómo atender a un parto respetando su normal evolución» y asegura que la formación que reciben «lleva implícita una carga patriarcal». En Mamá desobediente, publicado en Uruguay por Ediciones Godot, Vivas habla de respetar la voluntad de la mujer en el parto, de las virtudes de la leche materna, la necesidad de «sacar la teta del armario» y la lógica de los «pezones prohibidos», entre otros tópicos.

¿Cómo ha impactado la pandemia en la maternidad?

En general creo que a las madres no les va nada bien en la actual pandemia sanitaria porque precisamente las madres y las criaturas han sido de los grandes olvidados  en esta crisis sanitaria. Y lo hemos visto claramente en la cuarentena cuando se encerró a los niños en el hogar y el trabajo de cuidados quedó relegado una vez más a lo privado, a lo invisible y en particular, a cargo de las mujeres. Esta situación provocó que muchas mujeres que son madres tuvieran problemas de estrés, ansiedad, sentir que no llegaban a todo, que eran «malas madres», «malas profesionales». Muchas madres han tenido que seguir trabajando a la vez que cuidaban de sus hijos, que estaban encerrados en casa las 24 horas del día. Y ellas tenían que seguir trabajando –en el mejor de los casos- de manera remunerada, como si nada sucediese. No ha sido fácil conciliar y sobrellevar el cuidado de las criaturas que estaban confinadas en casa, atender y acompañar la escuela online, y al mismo tiempo tener que trabajar. Al sistema se le ha caído la careta y hemos visto claramente la maternofobia y la niñofobia inherentes a esta sociedad. Y esto creo que muestra la vigencia de un planteamiento desobediente y feminista en relación a la maternidad. Hay que acabar con este ideal de madre perfecta, que nunca se equivoca y por el contrario hablar de la maternidad real, desobedecer al mandato de la buena madre y hacerlo desde una perspectiva feminista.

¿Y en relación a los cuidados dentro del hogar? hablas de las súper mamás, súper mujeres que todo lo pueden, algo que, por cierto, nos queda «súper cómodo» a los varones que miramos para el costado. Pero ¿cuánto nos sirvió de pretexto histórico esa construcción simbólica y hasta qué punto eso se agravó con la pandemia?

A las mujeres se nos ha dicho que éramos cuidadoras por naturaleza, que teníamos una capacidad innata para criar y cuidar y esto es una construcción social. La capacidad de cuidar y criar la tenemos por igual mujeres y hombres, pero bajo este dictado se ha impuesto históricamente el trabajo de cuidados a las mujeres. En este contexto de crisis, de pandemia, esto lo hemos visto claramente, ha habido incluso una involución en términos de derechos y de igualdad en relación a mujeres y hombres. La cuarentena ha agudizado la brecha de género a nivel laboral porque las mujeres hemos tenido que seguir trabajando de manera remunerada, al mismo tiempo que -en gran medida- nos hacíamos cargo en exclusiva del cuidado de nuestras criaturas encerradas en casa las 24 horas al día. Y esto ha repercutido a nivel laboral más allá de nuestra salud mental. Y también ha repercutido en un aumento de las desigualdades en el seno del hogar según lo indican distintos estudios. Y debemos hablar claro: la crisis sanitaria y la covid no pueden ser una excusa para la involución de los derechos de las mujeres.

De acuerdo a las expectativas, ¿cómo les exigimos que deberían ser las súper mamás de este tiempo para cumplir las expectativas? Y que no defrauden.

Hoy en día el ideal materno se mueve a caballo entre la madre sacrificada y abnegada de toda la vida y la superwoman, la súper mamá que llega a cumplir con todo, con un cuerpo perfecto, que nunca se equivoca, que es una profesional de éxito y que siempre está disponible para el mercado de trabajo. Este ideal materno de «buena madre» es un ideal por un lado inasumible, pero también indeseable, porque nunca vamos a poder llegar a ser esa madre que nos dicen que tenemos que ser. Y al mismo tiempo, es un modelo tóxico de madre porque supone que no tenemos otros intereses más allá de crianza. Es un modelo que establece que la madre no tiene vida propia. Por eso es tan importante confrontar ese modelo y reivindicar la maternidad real, con todas sus luces, sus contradicciones, su no llegar a todo. Ser madre y ser buena madre implica equivocarse, fracasar y creo que es fundamental reivindicar estas luces y sombras de la maternidad, esta maternidad real, precisamente para que las mujeres, las madres, nos podamos reconciliar con la experiencia materna y tener una experiencia materna satisfactoria.

Hablemos de ser madre y feminista.

Para mí es difícil mirar la maternidad si no es desde una perspectiva feminista, porque si no fuera así, entonces ¿de qué maternidad estamos hablando? De una maternidad donde las mujeres no podemos decidir sobre nuestro embarazo, parto, lactancia, donde se nos vulneran derechos, se nos imponen partos violentados, con licencias de maternidad muy cortas y en un espacio en el que la mujer tiene que desaparecer tras la figura de la madre. Esta maternidad patriarcal que nos imponen no nos representa. Y ante este discurso hegemónico de la maternidad, es necesario construir desde el feminismo un relato propio sobre la experiencia materna. ¿Y qué implica defender la maternidad desde el feminismo? Pues que yo, como madre, pueda decidir sobre mi cuerpo, es decir, sobre mi embarazo, mi parto, mi lactancia, mi posparto. Mirar la maternidad desde el feminismo implica reivindicar los derechos de las madres: el derecho a un parto respetado, el derecho a una licencia de maternidad más amplia, a una lactancia materna gozosa. Mirar la maternidad desde el feminismo implica señalar que la maternidad no es una responsabilidad de la mujer madre, sino que es una responsabilidad colectiva de mujeres y hombres y de la sociedad en general. Por lo tanto, desde mi punto de vista, para que las madres podamos tener una experiencia materna satisfactoria,  es imprescindible mirar y reivindicar la maternidad desde esta perspectiva feminista, emancipadora y desde esta perspectiva de derechos. Asimismo, creo que la maternidad es plural y diversa. La maternidad solo se puede leer en plural y hay tantas madres como hijos, según el momento vital en el cual lo tengamos y cuidemos. Porque no es lo mismo tener un primer hijo que a un tercer o cuarto hijo. No es lo mismo criar a tu bebé teniendo un trabajo remunerado que estando desempleada. No es lo mismo criar a un hijo con una pareja corresponsable que con una pareja que se desentiende y no asume su rol. El contexto influye en la maternidad, influye en la experiencia materna y por eso creo que es muy importante entender que la maternidad es plural y diversa y que al mismo tiempo va mucho más allá de ese modelo de maternidad y de familia única que nos han impuesto. Es decir, hay madres solas, hay madres adoptivas, hay las madres que son madres de los hijos de sus parejas, es decir, las mal llamadas madrastras. La maternidad va mucho más allá de lo biológico. Lo biológico es importante pero va mucho más allá y lo vemos en todas estas formas de maternidad que trascienden el modelo hegemónico de madre.

En tu libro hablas del mobbing maternal y el impacto del neoliberalismo especialmente en las trabajadoras. ¿La pandemia profundizó ese fenómeno de hostilidad?

La discriminación laboral hacia las madres es una realidad. El mobbing maternal existe y muestra la hostilidad del mercado de trabajo en relación a la maternidad pero también a todo aquello que significa cuidar a una persona dependiente. Y se sigue insistiendo con que el problema es la maternidad, que tener hijos penaliza, pero creo que tendríamos que cambiar la mirada porque el problema no es la maternidad en sí misma, sino un mercado de trabajo que sostiene esta experiencia materna y que nos discrimina por el solo hecho de ser madres. El problema no es la maternidad, sino las condiciones en las que maternamos. Lo que hay que cambiar no es la maternidad sino el mercado de trabajo. No es la madre la que se tiene que adaptar al empleo, sino que debería ser el empleo el que se adapte a la maternidad. Y como la práctica materna es esencial para la reproducción humana, se tendría que valorar, visibilizar y acoger. Pero el actual mercado de trabajo es hostil a esta experiencia.

¿Hasta qué punto las estructuras conservadoras de familia que resisten los cambios culturales son apuntaladas por las expresiones políticas de las derechas más rancias?

Los sectores conservadores -históricamente y aún en la actualidad- se han apropiado del concepto de maternidad y de familia. Esto tiene plena vigencia al día de hoy. Si tú defiendes y expresas públicamente tu deseo materno, o tener una familia numerosa, serás considerado como parte de un posicionamiento conservador. A modo de ejemplo te voy a contar una anécdota: en las últimas elecciones generales en España, a través de Instagram me bombardearon con publicidad para que votara al Partido Popular, uno de los partidos más conservadores del abanico español. ¿Por qué sucedió esto? Porque el algoritmo pensó que alguien como yo, que se pasa todo el día hablando de maternidad tendría que votar necesariamente a la derecha. Nada más alejado de la realidad. No es solo el algoritmo de Instagram, la sociedad sigue pensando que la maternidad y la familia es una cosa de derechas y conservadora. Personalmente creo que desde el feminismo y desde las izquierdas se debería construir un relato propio acerca de estos conceptos porque de lo contrario, se deja a las madres en manos de estas posiciones conservadoras y reaccionarias, que nos imponen un mandato de maternidad que nos resta derechos y libertades. Por eso creo que es  urgente que el feminismo tenga un discurso propio y sea capaz de crear un relato propio acerca de la maternidad para no dejarnos a las mujeres madres, huérfanas de referentes y en manos de los sectores más conservadores y del patriarcado.

En tu libro eres especialmente crítica de esa histórica mirada casi angelical e impoluta sobre los profesionales de la medicina. Analizas la violencia obstétrica de manera muy cruda, los maltratos y también te refieres a los médicos machistas, entre distintos aspectos. Pero estamos viviendo un tiempo de pandemia en el que los profesionales de la medicina son héroes y más, hasta semidioses. ¿Hay espacio para las disidencias y los matices o mejor no hablar de estas cosas?

Creo que la disidencia siempre es necesaria para reivindicar y ampliar derechos allí donde están siendo vulnerados. Y esta vulneración de derechos se da de manera sistemática en la atención sanitaria en el parto. La violencia obstétrica es una de las últimas fronteras de la violencia de género, porque está profundamente normalizada porque nos han dicho que parir es esto, que te  hagan una cesárea que tal vez no es necesaria, una episiotomía por rutina, un parto instrumental prescindible, que te separen de tu bebé nada más dar a luz, que te obliguen a parir sola, que te infantilicen, que te falten al respeto, que te impidan amamantar a tu criatura tras haberla parido. Todo esto es violencia física y  psíquica, pero en cambio nos han dicho que el parto es esto y que encima no nos podemos quejar porque tenemos un bebé sano en nuestros brazos. Yo creo que es fundamental visibilizar la violencia obstétrica precisamente para poderla identificar, para poderla erradicar y para que las mujeres que la han sufrido puedan curar sus heridas. Esto no implica estar en contra de los profesionales de la salud, ya que estos son o deberían ser aliados para acabar con esta violencia, del mismo modo que los hombres son aliados para acabar con la violencia machista. No se trata de criticar una cesárea, una episiotomía per sé, sino lo que se trata es de criticar esas cesáreas, esas episiotomías que no son necesarias. Y cuando vemos las cifras y comprobamos que en Uruguay prácticamente uno de cada dos nacimientos es por cesárea, tenemos un problema, existe un problema, porque la OMS y tantas otras instituciones sanitarias señalan que una cifra justificable de cesáreas sería de una sobre cada diez nacimientos y nos encontramos con cinco cesáreas sobre cada diez nacimientos. Y esto es un problema porque se infringe un daño físico y emocional en muchas madres y bebés.

Dejando de lado la sinceridad de la derecha más rancia -que últimamente no tiene mayores inconvenientes en hablar por ejemplo de fascismo y xenofobia-, hay quienes sostienen que estamos viviendo un tiempo de exacerbación de la hipocresía, de los dobles, triples o cuádruples discursos en función de las apariencias y el rédito inmediato. ¿Qué piensas tú?

Tenemos sociedades profundamente hipócritas cuando se trata de la maternidad y de la infancia. Por un lado vemos la forma en la que se alaba la maternidad, la figura de la madre, pero, ¿qué madre? Esa madre angelical, abnegada, casi como una Virgen María. Pero en cambio la misma sociedad y el mismo sistema, dan la espalda a las necesidades reales de las madres. Y cuando las madres nos quejamos, y decimos que no podemos más, que no llegamos a todo, que queremos licencias de maternidad más amplias, que queremos partos respetados, entonces estas madres molestamos. He aquí la profunda hipocresía de un sistema que en realidad es maternofóbico. Lo mismo sucede con la infancia, aquí hay un gran paralelismo. Por un lado se alaba esa infancia callada, que se porta bien, sonriente, de niños y niñas blanquitos, mientras se da la espalda a las necesidades reales de la infancia. Y cuando los pequeños gritan, lloran, juegan, corren, entonces molestan y se les niegan sus necesidades y derechos. Y esto lo hemos visto claramente en esta pandemia sanitaria.

¿Cómo crees que serán las madres de la segunda mitad del siglo XXI?

Yo creo que hay una tensión social y una polarización social que se ha visto agudizada en los últimos tiempos. Por ejemplo, a la vez que estamos viendo una nueva ola feminista, hoy como nunca asistimos al auge de la derecha y la extrema derecha. Todo esto me lleva a pensar que la maternidad en el día de mañana vivirá también confrontada y tensionada en relación a distintos ideales. Por un lado, ese ideal patriarcal que aún sigue vigente al día de hoy, dónde básicamente a las madres nos quieren calladas y encerradas en casa o bien trabajando para el mercado, pero supeditando siempre el cuidado y la crianza al empleo. Creo que este modelo, este mandato, continuará vigente. Pero al mismo tiempo, creo que cada vez más se confrontará con los relatos que, desde posiciones feministas, reivindican el derecho a decidir de las madres sobre esta experiencia, que reivindican la maternidad como una tarea compartida entre mujeres y hombres, que reivindican la crianza como una responsabilidad social y colectiva, que reivindican a las madres como sujetos de derecho. Yo creo que el futuro se dibuja en esta dirección y creo que lo importante es que hoy hay una nueva generación de mujeres que somos madres y feministas, que miramos la maternidad con menos prejuicios que nuestras antecesoras. Creo que las feministas de los años 60 y 70 hicieron un trabajo imprescindible para terminar con ese mandato de la maternidad, pero en ese rebelarse contra la imposición de ser madres, en cierto modo se cayó también en un discurso antimaternal y antirreproductivo. Hoy día es fundamental ir más allá. En la medida que muchas mujeres feministas, madres, nacidas en los 70, 80 y 90, hemos podido decidir si ser madres o no, gracias a la lucha de nuestras antecesoras, esto nos permite mirar a la experiencia materna con menos recelos y distinguir entre lo que es el mandato de la maternidad y lo que es una maternidad libremente deseada. Y lo que esto conlleva, que a pesar de todas sus dificultades y contradicciones es una experiencia satisfactoria para la gran mayoría de mujeres. Y a esta experiencia hay que dotarla de derechos. Creo que hay una nueva generación de mujeres madres que van a reivindicar, cada día más, la maternidad con estas imprescindibles gafas violetas.

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